EPISODIO FAMILIAR
- ¡No
te tolero más! – exclamó en tono airado - ¡Es la última vez que me lo hacés! –
Gesticulaba con ademanes ampulosos.
- Y
te advierto – seguía – que estoy cansada, demasiado cansada –
- Te
he tolerado durante años… años… ¿Me entendés? Y no te hagas el que no me escucha…--
Se movía nerviosamente de un lado al otro.
El, sentado, en
un extremo de la mesa no respondía. Su silencio exasperaba a la mujer que
seguía cada vez más enardecida.
- ¿Te
crees que podes hacer lo que se te ocurre? ¿Qué podés irte así como así y
después volver lo más campante? - ¿Quién te crees que soy? – Y sacudía su dedo
índice, el puño cerrado, frente a la nariz del tipo, que impertérrito seguía
sin responder.
- Mil
y unas veces te banqué… No dije nada… Volvías en curda, o te traían tus
amigotes… y… y yo, como una idiota te llevaba a la cama, te desvestía y te
dejaba que durmieras la mona hasta el otro día… - caminaba hasta la mesada y
volvía, como si tomara impulso – que digo hasta el otro día… varios días… todo
lo que se te ocurría… -
El hombre estaba
sentado erguido, la cabeza en alto, las manos apoyadas sobre las rodillas.
- Por
supuesto que así no podes conservar un trabajo… ¡INUTIL! – prácticamente
gritaba – Yo… si… yo – y se golpeaba el pecho con furia – Yo tuve que salir a
lavar los calzones sucios, a juntar la basura de los otros para parar la olla,
para que no reventáramos de hambre-
El pobre tipo no
movía sus labios. Ni un gesto. La mirada fija en un punto de la cocina, con sus
ojos bien abiertos, pero mirando sin mirar. Como si estuviera más allá de lo
que la mujer le decía.
- Pero
ahora ya pasaste la raya… ¡Infeliz! – y acercando bien la cara a la de el se lo
repitió, por las dudas que no lo hubiera escuchado - ¡IN-FE-LIZ! - ¿Qué te hizo
creer que no me iba a dar cuenta? –
Mordía las
palabras. Algunas gotitas de saliva dieron contra la cara del hombre, que
continuaba inescrutable. Su rostro rígido, inamovible, se repartía en un gesto
mezcla de rabia asombro.
- Esta
vez la hiciste gorda, tarado… Me chusmeaste el ropero y me sacaste la guita que
tenía ahorrada, lo que había guardado para rajar de esta pocilga miserable… te
la llevaste –
Daba pequeños
saltitos y su rostro iba tomando un tono púrpura, honestamente, alarmante.
- No
solo te la llevaste… te la jugaste y como sos una basura la perdiste toda…
toda, idiota, toooodaaaa… - Y señalaba la puerta del ropero abierta de par
en par y un sector de ropa revuelta –
¿Pensaste que no me iba a dar cuenta? ¿Qué te crees que soy? ¿Gil… gil de
cuarta? –
Se paró recta en medio de la
habitación. La luz mortecina de la única lamparita le daba un aspecto más
trágico aún. Estiró el brazo y señaló la puerta.
- Te
vas… me oiste… te vassss –
Al ver que el
individuo no amagaba a reaccionar repitió
- Te
vas… y no quiero volverte a verte más… nunca más… ¿Me oiste? Nunca más… -
Quieto. Las manos
sobre las rodillas, la mirada perdida, gris, el hombre no dijo nada.
Esto la enfureció
más, aún:
- TE
VAS… ¿ME ESCUCHASTE RETR…? –
Unos golpes
enérgicos en la puerta la hicieron detenerse. Miró asombrada.
Los golpes se
repitieron y esta vez con más violencia.
- ¡¿Quién
es?! – Gritó
- La
policía… abra o entramos por la fuerza –
- ¿Ves?
Ya saben que me afanaste – Le escupió – ¡Ya voy, ya abro! –
No le dieron
tiempo. Entraron haciendo saltar la cerradura y rápidamente ocuparon toda la
casilla.
- ¡Quédese
quieta señora… no intente nada! – Una mujer policía se desplazó con cuidado y
tomándola con habilidad le sujetó los brazos en la espalda.
- ¿Qué
ocurre? ¿Por qué a mí? El es el ladr´… -
No le dieron
tiempo la sacaron rápidamente y le hicieron subir a un patrullero.
Entraron varios
policías más trayendo una camilla y una manta. Entre dos tomaron al hombre y lo
tendieron sobre la camilla, al moverlo torció la cabeza, y el cráneo partido en
dos, con pérdida de masa encefálica, quedó a la vista de todos. Lo cubrieron por
completo y se lo llevaron,
El superior a
cargo llamó por el radio – Ya está jefe. Fue como decía el llamado, le partió
el balero de un solo golpe –
Sobre la mesa descansaba
el sartén de hierro. Los bordes con rastros de sangre seca hacían pensar en que
allí alguien no la había pasado bien.
Alberto O. Colonna
Enero, 2013