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DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO III
Alberto Colonna
Febrero, 2011


Estoy próximo a cumplir los 62 y me han ocurrido cosas, situaciones, que me han golpeado. No por lo que ellas en si significan sino por la sorpresa de no esperar que las mismas ocurrieran.
Por una cuestión político económica todas las personas se jubilan a los 65 años. ¿Por que? Porque no se puede establecer cuando el ser humano comienza a flaquear en puntos vitales para la sociedad y es necesario que “entregue la posta”.
La vida es una escalera, cada año es un peldaño que vamos subiendo hasta el final de la misma, no importa cuando, es lo menos importante… pero ya les hablaré de eso.
No es lo mismo a los 62 que a los 61. Se supone que en el transcurrir del año he aprendido, he incorporado nuevos conocimientos y experiencias, así como también he sumado limitaciones, mínimas, pequeñas, imperceptibles, pero reales.
Uno es conciente que no conduce como lo hacía hace 30 años atrás, que no retiene las cosas con la facilidad con que lo hacía, que se cansa mucho más, que se ha vuelto más sensible y lo golpean mucho más cosas que hace un tiempo atrás le resbalaban. También es conciente que está más pausado, no se arrebata ni se equivoca con la facilidad con que lo hacía, disfruta más de las cosas que hace, la experiencia sumada le permite enfrentar desafíos que hoy le resultan simples y antes eran todo un mundo.
Claro, las fechas son relativas. Pero pongámosno de acuerdo en que los sesenta es una edad en la cual uno ya llega cansado de trabajar, harto de soportar las mismas preguntas absurdas, los mismos conflictos que debieran ser conocidos y para algunos se les presentan como grandes novedades. Es una edad en la que, si ha hecho bien las cosas o  ha tenido suerte, todavía está entero para disfrutar de los otros placeres, de otros caminos que posiblemente durante su tiempo activo no pudo recorrer.
Nos están sobrando cinco que son las reglas del juego. Pero punto. Cinco más y nada más. Lo que nos queda es un camino corto y hay mucho por recorrer.
Por otra parte, siempre lo digo: “Cuando uno “chochea” no se da cuenta”. ¿A que vamos a esperar? ¿A que nos descarten por inservible o peligroso? Porque eso es lo peor. La persistencia en la continuidad de la vida que no nos corresponde comienza a ser peligrosa para el resto de los que nos rodean. La edad nos debe dar esa cuota de responsabilidad. “El necio nunca aprende, el inteligente aprende de sus errores, el sabio aprende de los errores de los demás”, dice el viejo adagio.
El problema surge cuando alguien es tan poco capaz que ha aprendido una sola cosa. Solo sabe moverse en un espacio y si se lo quitan se desespera. Los estadounidenses, que son muy prácticos, (es cierto viven otra realidad socioeconómica lo que lo hace más fácil) dicen que unos cuantos años antes hay que ir preparando el retiro. Lenta, pero progresivamente hay que ir delegando actividades y esos espacios irlos cubriendo con otras ocupaciones, de tal forma que cuando llegue el tiempo del retiro, de alguna manera uno ya esté en otra cosa y no note la diferencia.
Estos 62 años me han enseñado que no existe nada mejor ni peor. Cada uno tiene un gusto diferente, una manera de vivir distinta, una forma de aprovechar el tiempo personal. Lo que le gusta a cada uno es lo mejor. Y lo que no le gusta no sirve.
Hay reglas, que los años han enseñado. Reglas de salud. Alterarlas forma parte, justamente de esa incapacidad de crecer, de transcurrir la vida absurdamente. Nada asegura nada, pero se supone, que dan más posibilidades.
¿Posibilidades de alargar la vida? En lo personal no me interesa. La vida no es un don. Es un castigo por el tremendo acto de egoísmo que llevamos a cabo los padres lanzando a alguien a un mundo que no le ofrece ninguna garantía.
La vida es un don preciado. Mentira.
La vida es algo que no he llegado a entender, por lo menos hasta el tiempo que llevo vivido, y me da la sensación que cuando la película se acabe va a ser como esos films que dejan el final abierto. Te quedás con las ganas de saber que pasa.
Pero honestamente no me interesa.
Ya estuve cerca de la muerte y me dio lo mismo.
Allí aprendí que no me queda otra que vivir y es bastante estúpido hacerlo mal.
Cada día a enfrentar hay que tratar de disfrutarlo.
Bueno sería que todos lo entendieran. Porque muchas veces el entorno es quien no te lo permite.
Hay una frase, que no sé a quien pertenece pero me gusta, que dice: “La vida es simple, es el hombre quien la complica”.
No creo que haya que ser un lama para disfrutar la vida, aunque hay que aprender a pensar lo más parecido posible. Tengo lo que tengo. Soy lo que soy. Haré lo que pueda y hasta donde pueda (física y temporalmente).
En algún momento me van a quedar muchísimas cosas por hacer, cantidad de sueños por cumplir. ¿Por qué desesperarme por uno de los tantos que hoy no puedo alcanzar? Hay otros, más simples, más realizables.
En una película que vi, no hace mucho tiempo, el protagonista planteaba que los ignorantes eran mucho más felices, lo que el interlocutor más viejo aceptó pero le dijo: “prefiero el padecimiento del conocimiento a la felicidad de la ignorancia”.
La sabiduría no pasa por saber mucho, sino en llegar a comprender que siempre es poco. El saber del mundo es tan grande (e inestable) que es imposible llegar a abarcarlo completamente. La humildad es un signo de que se ha comprendido lo pequeño que somos.
El recordar muchas cosas no es más que la demostración de una buena memoria. Hay organismos que tienen esa facilidad. Sin embargo es posible que sea mucho más inteligente aquel que razona lo poco que recuerda, recurre a las informaciones y aplica su experiencia, que aquel que utiliza palabras, citas, nombres, grandilocuentes pero continúa cometiendo los mismos errores una y otra vez, convencido de que es un superdotado.
He recorrido un largo camino. He aprendido a respetar y querer a todos. No tengo rencores. No sé tenerlos. No tengo grandes ambiciones. Lo único que pretendo es vivir en paz y feliz. ¡Poca cosa!
Hay muchos temas que quisiera tocar. Entre las limitaciones de la edad está la desconcentración. Ahora se me escapan. Tal vez escriba una cuarta versión (La segunda nunca la envié). Veremos. En este momento no sé por qué me viene a la memoria un poema que tengo guardado de Miguel Hernández, que dice:

QUISE SER… ¿PARA QUÉ?... QUISE LLEGAR GOZOSO
AL CENTRO DE LA ESFERA DE TODO LO QUE EXISTE.
QUISE LLEVAR LA RISA COMO LO MÁS HERMOSO.
HE MUERTO SONRIENDO SERENAMENTE TRISTE.


Nota: A esta altura de mi vida he llegado a los 64 y me quedan meses apenas para la jubilación. Nada ha cambiado. Sigo pensando lo mismo, por lo que publicarlo ahora tiene el mismo valor que hace apenas dos añitos.

DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO



DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO

No son más que las ideas locas de un jovato sexagenario…
No tienen por qué ser verdad… pero también podrían serlo…
He descubierto que la vida es notablemente parecida a un video juego.
Simplemente elegís un personaje y te disponés a superar
dificultades para dirigirte hacia algún lugar que no sabés
específicamente como es o en que consiste.
Con cada escollo que salvás o cada nivel que subís ganas puntos y te ponés feliz.
Pero enseguida tenés que continuar.
A veces algo te sorprende por el camino y… “GAME OVER”,
quedaste afuera.
Otras veces conseguís llegar hasta el final y cuando lográs
hacer el último movimiento no te dan ningún premio, no te
ponen una corona de laureles o te victorean triunfador.
Simplemente se acabó… Eso fue todo…
No sé si luego se iniciará otro juego… tal vez…
Cada quien tiene el derecho a pensar o creer lo que le venga en ganas.
Nadie ha vuelto para contarnos lo que sucede.
Pero lo que si es cierto es que mientras nos toca jugar
debemos disfrutar del juego.
Cada puntito que sumamos, cada obstáculo que vencemos es una porción de esa
felicidad que todos perseguimos.
Cuando nos toque dejar los controles lo único seguro
que nos llevaremos es haberla pasado bien.
El haber vivido con entusiasmo cada momento.
Y nada más…
Probablemente no es más que una tontería que imaginé
jugando con mi hijo… Probablemente no es más que eso…
A mi me sirve…
Les deseo que disfruten del tiempo por venir y que sean

muy pero muy felices.

¡IDOS A CAGAR!

IDOS A CAGAR

Expresó con furia luego de apagar el ordenador violentamente.
Había “tirado” currículos para todos los rincones del planeta y no había obtenido ninguna respuesta.
Eh… Bueno… A decir verdad ninguna respuesta satisfactoria.
Había respondido cientos de cuestionarios.
Había demostrado su capacidad luego de realizar un millón de pruebas.
Los pocos que se habían conectado con él le preguntaban cuanto quería ganar.
Necesitaba ese trabajo así que pedía la mitad de lo que habitualmente se pagaba en su actividad y siempre había alguien que se ofrecía por menos, y aunque no tuviera el legajo que él poseía se lo daban al otro porque era más barato.
No hablemos de los que tenían el apoyo de alguien importante.
Recurrió a suplicar, a pedir por favor y en última instancia a preguntar la razón de por qué no le daban el trabajo.
¿Alguien le respondió? ¿En que siglo vivís? A nadie le importa un pito del otro.
La educación y las buenas costumbres están pasadas de moda.
Cero, nada, ni por si o por no, mucho menos dando razones que le podrían haber servido para mejorar sus ofrecimientos.
Responder, ser, al menos, amable o mínimamente educado. Pero ¡Qué estoy diciendo! ¡Pedazo de hijos de ….!
Comprendió que estaba solo, que todas esas hermosas palabritas que muchos le arrojaban por Internet o por cualquier otro medio no era más que una burda mentira, un juego hipócrita de aquellos que se llenaban la boca con frases grandilocuentes que los hacía sentir orgullosos e importantes, pero que a la hora de los “bollos” ¡joderse amigo!
Tomó el arma que tenía guardada en el cajón de la alacena y salió a la calle.
Al primer infeliz que encontró le metió el caño en la nuca y le ordenó que le diera todo lo que tenía.
El pobre desgraciado era un desocupado como el y lo único que tenía en sus faltriqueras era hambre.
Sacudió la cabeza y dejó de imaginar cosas.
Se levantó lentamente. Se dirigió al balcón de su pequeño departamento y, como si tomara impulso para un salto triple, grito, haciendo bocina con sus manos: 
¡IDOS A LA MIERDAAAAA!

Y sin agregar una palabra se sentó a mirar televisión.

Alberto O. Colonna
Setiembre de 2013

NANI (Una historia real)

NANI

Nani fue uno de esos seres extraños que pasan por la vida de uno fugazmente como los cometas, pero que siempre dejan esa luminosidad diferente, especial, que perdura en el recuerdo y se torna imborrable.
Nani trabajaba en el mismo lugar que yo. Compartíamos tareas, aunque yo tenía un cargo levemente superior al suyo. Sin embargo establecimos una hermosa amistad, no tanto por mi, sino por ella, ya que era de esos seres puros, mágicos, que abrían su corazón de tal manera que era imposible no meterse en el.
Aparentemente venía de una buena posición porque hablaba varios idiomas y tenía un nivel cultural que no se adquiere fácilmente. Sin embargo había elegido trabajar humildemente. Ganarse la vida con sus armas. Y es aquí donde comienza lo que os voy a contar. Tal vez les sirva a otros también.
Era muy buena en lo que hacía, un trabajo técnico, pero complementaba sus ingresos cosiendo ropa. Ropa loca al estilo de la de los años en que pululaban los hippies o reparaba los vestidos de aquellos que le solicitaban algún tipo de arreglo.
Pero Nani tenía otra faceta. No voy a decir otra vida porque todo formaba parte de su ser y no lo ocultaba. Era una morochita menuda, hermosa… o tal vez no era tanto lo hermosa si no ese halo de luz que la rodeaba, que la hacía ver diferente. Un cuerpo muy bien formado con el que lucía atractiva, tentadora. Y eso era también, para Nani, un arma de trabajo. ¿De trabajo? Exacto, porque, y esto es lo insólito, acostumbraba a responder a esos pedidos que suelen aparecer en los diarios en los cuales algún señor solo pide una señorita de buena presencia para oficiar de acompañante durante un viaje o una estadía en Buenos Aires.
Dicho de otra manera una “prostituta” transitoria. Y Nani no tenía ningún problema en contarlo.
Realizó así una increíble cantidad de esos “viajecitos”, donde alcanzó insólitos lugares y vivió vidas que no eran las habituales, cosa que después refería, cuando volvía, casi sorprendida de que existiera ese otro mundo.
“¿Sabe, jefe?, cada botella de Champaña que tomaban valía lo que yo gano de sueldo” Exclamaba y se reía.
Les cuento que en uno de esos viajes fue contratada por un alemán, ya maduro, que trabajaba en EEUU, y le encantaba el sur argentino. El tema fue que este hombre realizó varios viajes y en cada uno de ellos se preocupó por conseguir su compañía. Era evidente que tenía mucha afinidad con nuestra querida Nani.
Entre viaje y viaje, ella, solía pedirme que le cambiara billetes de U$S 100. “¿Te los mandó el alemán?”, le preguntaba, y ella se reía con esa risa traviesa y transparente.
Un día vino específicamente para hablar conmigo. Tenía un gesto que nunca le había visto.
“Jefe… el alemán se jubila… se viene para este lado… Quiere casarse conmigo e irse a vivir a Bariloche…” Explicó con una seriedad poco habitual en ella.
“¡Negrita, sacaste la lotería! Es el sueño del pibe… Te parás para toda la cosecha… El alemán tiene guita, quiere casarse y encima vivir en Bariloche, que es lo más hermoso que puedas pedir… Genial!!”
Se quedó un instante en silencio.
Me miró con esos ojos expresivos, que nunca voy a olvidar, y suavemente exclamó:
“¿Y mi libertad?”
No pude responderle. ¿Que decir ante esa pregunta?.
Ella tomó su decisión.
Y voló. Voló como los pájaros.

PREDICAR CON EL EJEMPLO

Siendo pequeño, apenas seis años, me habían relatado (y remarcado) la historia que contaba que Sarmiento ponía por sobre todas las cosas su responsabilidad y nunca había faltado a sus obligaciones. (“Jamás había dejado de ir al colegio”, era lo que nos contaban).

Era la hermosa época en que nuestros héroes eran individuos dignos de ser imitados. Verdaderos prohombres que nos enorgullecían y nos daban un sentimiento de patria, sabíamos que eran hombres de carne y hueso, con las mismas necesidades que nosotros, sin embargo las habían superado en aras de una pasión, de una entrega hacia el prójimo (o sea nosotros) que nos hacía darles un valor especial y sentir orgullo y necesidad de seguir sus pasos.
Yo estaba imbuido de esa mentalidad de héroes a imitar. Creía a pie juntillas las historias que mis nobles maestras me habían contado una y otra vez.
Ese día amaneció lluvioso. El viento era común en mi pueblo. Los truenos retumbaban a la distancia conformando un cuadro lo suficientemente desalentador para cualquiera. Excepto para mí.
La historia de Sarmiento había calado hondamente en mi espíritu y, por lo tanto, pasara lo que pasara no podía faltar al colegio. “Pero Betito (diminutivo de Alberto que es mi nombre) mejor te quedás en casa, afuera pinta muy feo” “No, mamá, yo quiero ser como Sarmiento, llueva o truene tengo que ir al colegio”.
Larga fue la discusión, las idas y vueltas, pero de esa no pudieron sacarme. Yo tenía que cumplir con mi deber.
Finalmente terció mi abuelita (cuando no las abuelitas) “Dejá, Carmen, que yo me cambio y lo llevo”.
Eran apenas unas pocas cuadras, diez minutos a pie, por lo que llegamos sin ningún inconveniente.
Colegio nº 16, de Tres Arroyos (Año 1956). En la puerta estaba la directora. Me recibió con una sonrisa y mientras yo me dirigía a clases se quedó conversando con mi abuelita.
Para ir hacia las galerías que daban a los salones tenía que cruzar el hall de entrada. Siempre tuve muy buen oído, o la maestra lo hizo con intención como para que la oyera, el asunto fue que oí con total claridad cuando una “docente” le decía a la otra “Yo no sé qué piensan estos chicos, con el día que hace podrían haberse quedado en su casa tranquilamente”
Cuando escuché esas expresiones de aquellas que me habían contado y explicado el orgullo que representaba el ser responsable, siguiendo el ejemplo de nuestros grandes, como si me hubieran dado una orden por control remoto, me di vuelta, desanduve mis pasos y tomando de la mano a mi abuela sin dudar expresé: “Vamos, abuela, vámonos”.
Las dos, la directora y mi abuela, que justamente estaban hablando sobre mi insistencia en concurrir a clases, quedaron sorprendidas.
Trataron de que les explicara mi decisión pero me empeciné en no decirles nada. Finalmente la señora Directora insistió en que me quedara. Respetuosamente obedecí.
Casualmente mi maestra (de quien no voy a poner su nombre porque a ella le debo muchas cosas muy buenas) ese día se había quedado en su casa.
Me enviaron a otro grado. Era 2º grado donde la Sra. Carrillo desparramaba su terrorífica presencia entre todo su alumnado. Entendí que fue una especie de castigo por haber importunado con mi estúpida creencia que “se predica con el ejemplo”.
Nunca más fui a clases así cayeran cuatro gotas. Aprendí el viejo refrán: Haz lo que yo digo y no lo que yo hago. Aprendí a creer en las cosas que yo mismo puedo corroborar. Aprendí a ser un escéptico natural, no de escuela, que eso es muy estúpido, sino aplicando la lógica.
Aprendí a ver el mundo de otra manera.
Tal vez fue eso lo que quisieron enseñarme aquel día.
Si fue así, pueden tener la seguridad de que lo he guardado para toda la vida.
Ah… Una sola cosita… Yo sigo priorizando la responsabilidad y creo que más allá de la historia de Sarmiento, la metáfora es lo que vale. Y lo que uno ha aprendido, por haberlo vivido, no lo puede cambiar nadie.

Ya no compro buzones.

VIDA II


VIDA II

Y un buen día se le dio por nacer.
Ya desde pequeño le gustaba jugar con sus muñecos. Imaginaba mundos irreales. Viajaba por el espacio con ellos o vivía las más increíbles aventuras en los sitios más inimaginables.
Alguien dijo que así no podía ser. Que era un chico muy solitario y… hasta diríamos, muy sedentario. Y eso no es bueno.
Decidieron llevarlo a la sicóloga. Cuando le explicaron las razones, la profesional determinó que posiblemente era una fobia social y que con un trabajo intenso sería posible sacarlo de su ostracismo.
Fueron cientos de sesiones que consiguieron torcer el rumbo.
Finalmente emergió un individuo activo que practicaba gimnasia, jugaba al vóley (tenia altura para ello) y se entreveraba en los partidos de futbol de los fines de semana. Estudiaba inglés y computación y cuando podía hacia los remplazos en la farmacia de don Carlos, un viejo amigo de la familia.
Los sábados salía a bailar con los múltiples amigos que tenía, ya que era tremendamente sociable y todo el mundo lo quería. Se divertían hasta muy entrada la madrugada y muchas veces la seguían en la casa de alguno de ellos. Hasta  que, como dije anteriormente, se iban a jugar el partidito. Hacia el final de la tarde se reunían con las chicas del grupo, con las que tenía un indisimulado éxito.
Era muy joven aun cuando conoció a Gloria. Y Gloria era una gloria. Se enamoró perdidamente de ella, y en poco tiempo decidieron irse a vivir juntos. Él consiguió un trabajo que le ocupaba casi todo el tiempo y ella quedó embarazada rápidamente. Nació María Micaela y no tardó en venir el varón José Maximiliano.
Los sábados le dejaban los chicos a los abuelos y se iban a reunir con sus amigos de siempre y los domingos, mientras su mujer chismeaba con las otras “chicas”, él jugaba su partidito de fin de semana. Se sentía ágil aunque había aumentado de peso. Una pancita de ejecutivo lo delataba.
Por más que hicieron, la unión con Gloria se deterioró rápidamente y pronto cada uno tomó rumbos diferentes. Ella se hizo cargo de los chicos y él se dedicó a su trabajo con ahínco. Todo fue muy pacífico, muy lógico.
Se levantaba apenas salido el sol, se duchaba, se vestía y rápidamente tomaba el desayuno, de pie junto a la mesada de la cocina, y, dejando el pocillo en la bacha, se dirigía a tomar el ascensor. Muchas de las veces, como el “bicho” desgraciado tardaba, se mandaba por la escalera bajando los escalones de dos en dos.
Logró progresar y la empresa le dio un cargo gerencial. Así fue como  conoció a Soledad. Ella lucía como tiene que lucir una secretaria ejecutiva. Intimaron. Salieron a tomar un café y pronto estaban compartiendo la misma cama.
Salían a comer a los mejores restaurantes, iban a los boliches a bailar o tomar algunos tragos, y hasta algunas veces iban al teatro, aunque esto último es una manera de decir porque él habitualmente era interrumpido en plena función por alguna emergencia y tenía que abandonarlo todo en pro de la subsistencia.
En uno esos momentos, repetidos frecuentemente, en el  hall del teatro, se topó con Gloria. Simplemente fue un intercambio de palabras, pero fue suficiente. Gloria seguía siendo una gloria.
Al día siguiente la llamó y decidieron encontrarse a tomar un café y charlar de una cantidad de cosas que habían quedado pendientes. Tomaron el café, charlaron y de pronto estaban compartiendo una cama.
Ups! Esto se estaba poniendo complicado. Trató de pensar pero enseguida un grupo de amigos lo rodeó. Trató de contar lo que le pasaba y lo único que consiguió fue que le relataran un montón de episodios que cada uno de ellos había vivido.
Buscó ayuda en la antigua terapeuta pero se encontró que ya se había retirado. Había pasado mucha agua bajo el puente.
Subió al Mercedes y se dirigió por Libertador hacia el norte. Iba pensando en su vida, en Gloria, sus hijos, Soledad, sus amigos, el trabajo, los partidos del domingo…
Entro en el túnel y las luces lo iban iluminando en forma intermitente. Aceleró.
Cuando llego al final notó que todo estaba oscuro. Demasiado. Se asustó pero luego pensó “es un apagón”. Siguió avanzando, no veía nada, pero sentía que se movía.
En la distancia divisó una luz.
Se dirigió allí sin pensar si era su camino o no.
Parecía lejana pero se fue acercando velozmente. Parecía que la luz venía hacia él.
Cuando menos lo pensó se encontró rodeado de una fosforescencia brillante que lo rodeaba, que lo invadía, que lentamente lo iba remplazando.
“¡Donde estoy!” Gritó. Y el eco repitió como una burla. Estoy… stoy… toy… oy.. yyy…
Una voz que salió de la nada, o de todos lados, le informó.
“Has llegado al final”
“¿El final de que?”
“El final de los finales… the end… finish… kaput… ¿Si?”
“Pe…pe…pero no entiendo”
“Se acabó tu tiempo, hombre… Llegaste al final del camino”
“Pero si yo no he vivido nada”
“¡Nada! ¿Te parece poco?… Lo que ocurre es que lo has hecho a tanta velocidad, sin detenerte a vivirlo, que se te ha ido… Se fue… Se acabó…”
“Pero, tenía tantas cosas para hacer… tantas”
“¿Cómo que? Por ejemplo”
“Jugar con mis soldaditos, imaginar castillos con reyes y princesas… ehhh…”
“Que lástima ¿No?” Lo interrumpió.
“Es cierto ¡Que lástima!”
Cerró los ojos y la luz se fue desvaneciendo hasta llegar a la más pura oscuridad.
Alberto Osvaldo Colonna/Julio 2013

SPIKE


Llegó un día.
Un día cualquiera.
Se notaba que la había pasado mal y se acurrucó bajo unos andamios que habían puesto unos albañiles que, a la sazón, estaban trabajando en mi casa.
Lo hicimos entrar en casa. Lo bañamos (en realidad lo baño mi suegro). Siempre con la precaución de no saber que tipo de carácter tenía.
Resultó ser lo más bueno que he conocido en toda mi vida.
Fue el mejor amigo de mi hijo pequeño.
Fue mi mejor amigo.
Una sola anécdota lo pinta a las claras.
Le quedaba como rezago de su vida de callejero el enfrentar a cuanto perro veía.
Era algo instintivo que lo hacía pelear con sus congéneres.
En una oportunidad se escapó de mi cuidado y fue a enfrentarse con unos perros que tenía el vecino.
Fui a buscarlo y lo traje a la fuerza.
Era grande pero lo levante y lo traje para casa entre los brazos.
Enfurecido abrió la boca dispuesto a morder.
En ese momento vio quien lo sostenía y quedó con la boca abierta, sin cerrarla, sin esgrimir una protesta.
Se nos fue hace mucho tiempo.
Sin embargo no se fue nunca. Nos dejó la enseñanza de su agradecimiento, de su amistad, de su lealtad inquebrantable.
Hoy te recuerdo amigo.
En realidad siempre te recuerdo. Hoy apenas es un mínimo homenajearte.
Pido disculpa si he cometido errores, escribo esto con los ojos llenos de lágrimas.




UNA HISTORIA DE AMOR


UNA HISTORIA DE AMOR

Cuando su madre quedó embarazada el padre hizo las valijas y se fue sin decir adiós.
Juan Pedro se crió, pues, sin padre. Con una madre y dos hermanastras que le enseñaron todo lo que pudieron.
Su madre, desengañada de los hombres nunca más volvió a formar pareja, ni siquiera esporádicamente. Fue así que Juan Pedro no tuvo imagen masculina.
Esto le creó conflictos de relación. Era totalmente retraído, tímido al extremo, hasta el punto tal en que todos se burlaban de el.
Cuando llegó a la adolescencia estaba totalmente desorientado hasta que, por casualidad, dio con un grupo de jóvenes religiosos que lo apuntalaron y le hicieron sentir que no estaba solo.
Por vez primera sintió que le importaba a alguien.
Y fue así como entró en el noviciado hasta ordenarse sacerdote.
Amó a dios por sobre todas las cosas.
No mencionó su nombre en vano.
Ni pensar en codiciar la mujer del prójimo.
No tuvo pensamientos ni actitudes impuras.
No robó ni mató.
Pero por sobre todas las cosas amó a su prójimo como a sí mismo.
Por eso ahora no podía entender por qué lo estaban juzgando por pederasta.

LUGARES COMUNES

Maximiliano dormía profundamente cuando María, la mucama, lo despertó con suavidad.
-          Arriba dormilón… que hay que ir al colegio… tus padres ya se fueron a sus trabajos y pronto va a pasar el micro a buscarte –
Maxi se estiró y con lentitud se dirigió a tomar una ducha. Lavó sus dientes. Se peinó y se calzó el uniforme de la High School, con el escudo grande a la altura del corazón en el sweater verde con vivos blancos.
María le había preparado el desayuno que bebió de un trago, cargó su mochila y apenas tuvo tiempo porque ya estaba llegando el transporte escolar.
Lo de siempre. La rutina de todos los días.
Pasó una buena mañana. Los profesores no eran muy exigentes y el no tenía mayores problemas con ninguna materia. Internet solucionaba la mayoría de las cosas y lo que le pudiera faltar, en general, pasaba desapercibido.
Al mediodía se sentó en el parque. El colegio tenía un gran parque con árboles añosos y césped siempre verde. Y se dispuso a comer la vianda que María le había preparado.
Comió la manzana, tiró los restos en un cesto y como aún tenía tiempo se sentó a leer un revista de historietas que le había prestado su buen amigo Carlos. Las aventuras de Super Héroe lo envolvieron con sus fantasías hasta que sonó la campana que indicaba la vuelta a clases.
Era un colegio bilingüe y todavía le faltaba el tiempo que más detestaba. El inglés no era su fuerte aunque sabía que sería fundamental para su vida futura.
Consiguió que transcurrieran las horas y con alivio escuchó el timbre que, a diferencia de la campana, anunciaba el fin de la jornada.
Cargó nuevamente la mochila y se dirigió al lugar donde el micro ya lo estaba esperando.
-          Hola Maxi ¿Cómo te fue hoy? – le preguntó el chofer.
-          Bien, Pedro, bien. Lo de siempre –
Llegó a casa. Isabel, la mucama de la tarde lo estaba esperando y lo acompañó hasta la casa.
Maxi ya conocía su rutina.
Tomó la merienda y se sentó a hacer las tareas que le habían indicado.
Buscó en internet la información requerida. Copió, pegó, agregó algunas figuras y listo. Nunca le pedían mas que eso y el cumplía religiosamente, con lo que se aseguraba pasarla en forma tranquila.
Terminó con sus obligaciones y se fue a su cuarto a jugar con la Play.
El juego era algo aburrido así que se puso a mirar televisión.
El sonido de las campanillas alegremente avisaron la llegada de su madre. Entró apurada porque se le hacía tarde para ir a Pilates.
-          Hola Maxi!!! – gritó. La habitación del niño estaba en la planta superior. En ese momento
 Super Héroe despegaba con grandes explosiones y el sonido no le permitió ser escuchada.
Se cambió rápidamente y salió manoteando las llaves del auto que había dejado sobre la mesa del comedor.
-          Isabel, me voy al gimnasio, dígale a Maxi que no se quede mirando mucho la televisión –
Isabel asintió con la cabeza y siguió ocupada en fregar la vajilla que había quedado sucia de la cena anterior.
Maximiliano vio TV hasta que dieron las 10 pm. Salió un cartel que decía horario de protección al menor que no llegó a ser muy visible porque el televisor estaba programado para apagarse a cierta hora. Abrió la ropa de cama, se colocó el piyama y se lavó los dientes. Se acomodó en su cama, se abrazó a la almohada y muy pronto se quedó dormido.
Patricia después de salir del gimnasio y darse una ducha, se fue con sus amigas a la confitería del club. Cuando llegó a casa Maxi dormía plácidamente.
Pensó en esperar a su marido pero su actividad había sido “tan intensa” que decidió ir a dormir.
Pasadas las 11 pm llegó Fernando. Un típico ejecutivo, metido en sus problemas y preocupado por la posibilidad de un próximo ascenso. Cansado de la tensión de su trabajo, pero, peor aún, de conducir en el tráfico endemoniado de la hora pico, entró y velozmente fue a servirse un wiski, se estiró en su sillón predilecto, le hizo unas caricias al gato y fue hacia la cocina. Isabel ya hacía rato que se había retirado. Abrió el frízer, tomó un plato precongelado y lo colocó en el microondas.
Comió mientras leía el informe que le había llegado a último momento.
Dejo el plato en el fregadero. Mañana se encargaría la mucama de limpiarlo. Y se dirigió al cuarto de Maxi. Lo contempló dormido y acercando los dedos a sus labios le arrojó un beso y cerró la puerta.
Fue hasta su habitación. Su mujer se había quedado dormida mirando televisión, así que apago el artefacto, se cambió silenciosamente y se acurrucó tratando de no despertar a Patricia.
Antes de dormirse, sonrió.
Se sentía feliz.

¡Que hermoso es tener una familia!

LA SIMPLE HISTORIA DE MI GATO O UN GATO NEGRO Y LAS ENSEÑANZAS DE LA MADRE NATURALEZA


Nacieron en casa.
La madre tenía una patología maligna que la llevó a la muerte un tiempo después.
Los dos se criaron juntos.
El rubio siempre fue mucho más inquieto.
Vivió a full, como se usa ahora. Un día mordió unos cables y se electrocutó. No murió en ese momento, pero lo dejó con un cuadro neurológico que terminó con su vida en poco tiempo.
El otro siempre fue más tranquilo.
Por esos secretos de la genética no creció mucho Es un gato pequeño, tímido y, si se quiere, indefenso.
Nunca se movió de casa.
A veces hace sus correrías pero a cierta hora siempre se lo puede encontrar en el mismo sitio.
Apenas lo llamo, esté donde esté, aparece.
En las mañanas no se mueve de la puerta del patio trasero de mi casa hasta que yo le hago algunas caricias. Ya ha comido, no  tiene ninguna necesidad, salvo ese saludo diario, que espera, y hasta me reclama, en cuanto me ve.
No es cuestión de exagerar, no le gusta estar en brazos, simplemente una rascada en la barbilla, una serie de caricias, una estirada de cola y ya… es suficiente.
No es nada especial. Apenas un relato de algo que ocupa unos minutos de mi vida. Tal vez esos minutos que no somos capaces de darnos entre los seres humanos, la simple caricia de un saludo, la inútil pregunta de ¿en que puedo ayudarte?, o ¿necesitas algo?.
Tal vez es un ejemplo que la naturaleza nos brinda para que los seres “inteligentes" aprendamos.
Tal vez es solamente un gato.


LAS FLORES DE LA ANGUSTIA


Intentaba ser feliz.
Sabía cómo y tenía con qué.
Pero tuvo que entender que todo es una mentira.
Comenzó flotando, como esos copitos transparentes, brillantes, que revolotean acariciados por el viento.
Pero el viento se transformó en vendaval.
Los brillos del sol se opacaron.
Las burbujas una a una fueron estallando o disolviéndose lentamente.
Y comprendió que la vida es así.
Es lo que te toca.
La angustia lo traspasó como una espada.

No lloró. No tenía por qué llorar.
Estamos en invierno.
Los árboles desafían el frío desnudándose impúdicamente. Mostrando sus esqueletos.
El oro de la ciudad se va cambiando por un enrejado geométrico loco que enmarca los edificios desnudos, las ventanas vacías.
Los habitantes de la ciudad se mueven como seres mecánicos. Van y vienen. No advierten los pequeños cambios, la hoja que cae girando y flotando en el viento.
La vida sigue, vendrá la primavera, el verano, el otoño y el invierno otra vez.
Un carrusel enloquecido.
Me detengo un instante.
Ya no tengo apuro.

Soy feliz.

LA DECISIÓN DE ANGELINA

Medicina preventiva. Se acostumbra llamarla así. Podríamos también llamarla medicina de anticipación.
Aquellos pechos deseados, insinuantes, eróticos, fueron remplazados por unas inertes siliconas. ¿Motivo? Los antecedentes familiares cercanos y un estudio exhaustivo del ADN, demostraban la alternativa de padecer la desgraciada patología, el cáncer de mama. Muerto el perro se acabó la rabia. ¿Iba a ocurrir? ¿Quién lo puede decir? En todas las patologías existe una predisposición y un factor desencadenante. ¿Se iban a dar las dos circunstancias? Nunca se sabrá, las posibilidades eran muy grandes pero jamás lo sabremos porque la increíble, sensual y deslumbrante Angelina, prefirió dejar de lado sus famosos atributos en pos de una vida, si no más sana, por lo menos más tranquila.
La fama de la estrella, la trascendencia de su decisión fue tan importante que se difundió como reguero de pólvora. No fue la única. Ya había antecedentes de actitudes similares, pero ninguna con la significación de un acto de este tipo.
El científico Ernest Von Hinder, analizó el sobre que acababa de recibir. Lo dio vuelta entre sus manos como un prestidigitador lo hace con las cartas, pero no desapareció. Ahí estaba y finalmente decidió abrirlo.
El abrecartas corrió rápidamente y la hoja con un membrete harto conocido apareció detrás del corte. Lentamente abrió el informe. Su cara no cambió, no se movilizó ni un músculo a pesar que el papelucho confirmaba sus sospechas. El estudio genético demostraba muy claramente que las posibilidades de padecer Alzheimer, tal como le había ocurrido a su padre y a su abuela materna, estaban por arriba del 90%.
Suspiró profundamente. Se sirvió un whisky y con el vaso aun en la mano se comunicó con el Memorial Albany Center. Pidió con su discípulo Ajmar Rumim, un cirujano de reconocida trayectoria.
Cuando lo atendió solamente dijo una palabra: - Confirmado –
-          ¿Está seguro, profesor? –
-          Totalmente… y sabés que solo puedo confiar en vos… -
-          Lo se –
No hablaron más. Colgó. Se dirigió a su escritorio y tomando de un cajón un papel, que esperaba desde hacia algún tiempo, se dedicó a completar los puntos que estaban en blanco.
Una semana después, el profesor Von Hinder, experto en física cuántica, descubridor de la fórmula de los cuadrados perfectos, se desplazaba rápidamente a través de los pasillos acostado en una camilla que empujado hábilmente por un enfermero lo llevaba hasta el quirófano.
El Dr. Rumim, en persona, realizó la intervención quirúrgica.
Meticulosamente, hábilmente, concienzudamente extrajo el cerebro, todas y cada una de de las células que alimentaban el intelecto de su maestro.
La intervención fue un éxito.
La noticia pasó inadvertida para la gran prensa.
El genio, la capacidad razonativa, todos los conocimientos de su colega y maestro quedaron en un frasco que fue etiquetado y colocado en un estante a la espera de quien sabe que destino.
El resto del profesor rodeado de aparatos que lo asistían cardiológica y respiratoriamente quedó internado en un sector vip del Hospital.
Nunca se sabrá si el terrible mal lo iba a afectar.
Pero lo que era seguro era que si se daba la posibilidad lo había vencido.

Nadie tampoco nunca llegó a saber si el científico pudo disfrutar esa alternativa.



Había una vez un hombre que abrió su pecho para que todos pudieran ver su corazón.

Había una vez un hombre que abrió su pecho para que todos pudieran ver su corazón. Había puesto lo mejor de si y quiso brindárselo a todos. Pero nadie se detuvo. Ocupados como estaban a todos les pasó desapercibido.
Cada uno en lo suyo competía por ser el mejor. ¿Alguien mostrando su alma? ¡Que absurdo!
No importa pensó el hombre y preguntó ¿Cómo se hace para llegar a los demás? Y le dijeron debes ser visceral. Buscar los golpes bajos, aquello que a todos les llega. No insistas con tus tonterías porque por más que sean un obsequio a nadie le va a importar.
Entonces trató de torcer el rumbo. Pero no pudo. El no podía mentir. No podía ser quien no era. Y entonces se dio cuenta que todos los demás mentían y se mentían a si mismo y les gustaba vivir en un mundo de ilusiones que les hacia creer que ocupaban un lugar en el mundo.
Rió, rió con ganas. Pobres, se dijo. Y continuó su camino. Los demás fueron quedando atrás con sus miserias.
Y cuando se hubo alejado lo suficiente abrió sus brazos, lentamente fue tomando vuelo y se alejó como lo hacen las aves hasta transformarse tan solo en una manchita que apenas si se distinguía desde el suelo.

Estaba en el escaparate de una casa de antigüedades. Cada vez que pasaba juan la miraba y se decía para sí que algún día podría tenerla. Era una estatuilla pequeña y vaya a saber quien la había creado o a quien había pertenecido. Durante mucho tiempo Juan pasaba y se detenía a mirarla. A veces hasta desviaba su ruta para quedarse un rato contemplándola. Juntó el dinero con sacrificio, se privó de algunas cosas que le gustaban para llegar a la suma de dinero que el anticuario le había dicho que costaba. Moneda tras moneda fue poniendo en un recipiente que solo estaba destinado para ese fin. Una a una, monedita tras monedita, día tras día hasta que llegó el momento. Juntó el dinero y corrió a comprarla. Creyó que el mundo desaparecía cuando no la vio en la vidriera. No podía ser. No ahora. Entró desesperado y al borde del llanto le suplicó al vendedor. Este lo miró sonriendo y abriendo un gran mueble que tenía en el fondo trajo la preciada estatuita. Como nadie la compraba había decidido retirarla de la exhibición. Juan respiro aliviado. Cuando la tuvo en sus manos fue como haber tocado el cielo. No lo podía creer. La llevó a su casa y la colocó en un lugar que había preparado de antemano, un sitial de honor. Juan vivió amando su estatua, todos los días se sentaba frente a ella y se sentía feliz, pero Juan envejeció y un día cualquiera se murió tan mansamente como había vivido.
No tenía descendientes y unos familiares se hicieron cargo de sus pertenencias.
Che, y con esta porquería ¿Que hacemos? Pregunto uno de los primos lejanos de Juan.
Escuchame esto está lleno de porquerías. ¿Qué te parece si las rematamos a todas? Algo vamos a sacar.
Buena idea.
Dos semanas después de la muerte de juan se remataron todas sus pertenencias. Por la estatuita dieron unos pocos billetes. Pero claro. ¿A quién le podía interesar esa miserable estatuita que ni siquiera tenía suficiente material como para aprovecharla para otra cosa? Por suerte por las sillas dieron algo más.