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DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO III
Alberto Colonna
Febrero, 2011


Estoy próximo a cumplir los 62 y me han ocurrido cosas, situaciones, que me han golpeado. No por lo que ellas en si significan sino por la sorpresa de no esperar que las mismas ocurrieran.
Por una cuestión político económica todas las personas se jubilan a los 65 años. ¿Por que? Porque no se puede establecer cuando el ser humano comienza a flaquear en puntos vitales para la sociedad y es necesario que “entregue la posta”.
La vida es una escalera, cada año es un peldaño que vamos subiendo hasta el final de la misma, no importa cuando, es lo menos importante… pero ya les hablaré de eso.
No es lo mismo a los 62 que a los 61. Se supone que en el transcurrir del año he aprendido, he incorporado nuevos conocimientos y experiencias, así como también he sumado limitaciones, mínimas, pequeñas, imperceptibles, pero reales.
Uno es conciente que no conduce como lo hacía hace 30 años atrás, que no retiene las cosas con la facilidad con que lo hacía, que se cansa mucho más, que se ha vuelto más sensible y lo golpean mucho más cosas que hace un tiempo atrás le resbalaban. También es conciente que está más pausado, no se arrebata ni se equivoca con la facilidad con que lo hacía, disfruta más de las cosas que hace, la experiencia sumada le permite enfrentar desafíos que hoy le resultan simples y antes eran todo un mundo.
Claro, las fechas son relativas. Pero pongámosno de acuerdo en que los sesenta es una edad en la cual uno ya llega cansado de trabajar, harto de soportar las mismas preguntas absurdas, los mismos conflictos que debieran ser conocidos y para algunos se les presentan como grandes novedades. Es una edad en la que, si ha hecho bien las cosas o  ha tenido suerte, todavía está entero para disfrutar de los otros placeres, de otros caminos que posiblemente durante su tiempo activo no pudo recorrer.
Nos están sobrando cinco que son las reglas del juego. Pero punto. Cinco más y nada más. Lo que nos queda es un camino corto y hay mucho por recorrer.
Por otra parte, siempre lo digo: “Cuando uno “chochea” no se da cuenta”. ¿A que vamos a esperar? ¿A que nos descarten por inservible o peligroso? Porque eso es lo peor. La persistencia en la continuidad de la vida que no nos corresponde comienza a ser peligrosa para el resto de los que nos rodean. La edad nos debe dar esa cuota de responsabilidad. “El necio nunca aprende, el inteligente aprende de sus errores, el sabio aprende de los errores de los demás”, dice el viejo adagio.
El problema surge cuando alguien es tan poco capaz que ha aprendido una sola cosa. Solo sabe moverse en un espacio y si se lo quitan se desespera. Los estadounidenses, que son muy prácticos, (es cierto viven otra realidad socioeconómica lo que lo hace más fácil) dicen que unos cuantos años antes hay que ir preparando el retiro. Lenta, pero progresivamente hay que ir delegando actividades y esos espacios irlos cubriendo con otras ocupaciones, de tal forma que cuando llegue el tiempo del retiro, de alguna manera uno ya esté en otra cosa y no note la diferencia.
Estos 62 años me han enseñado que no existe nada mejor ni peor. Cada uno tiene un gusto diferente, una manera de vivir distinta, una forma de aprovechar el tiempo personal. Lo que le gusta a cada uno es lo mejor. Y lo que no le gusta no sirve.
Hay reglas, que los años han enseñado. Reglas de salud. Alterarlas forma parte, justamente de esa incapacidad de crecer, de transcurrir la vida absurdamente. Nada asegura nada, pero se supone, que dan más posibilidades.
¿Posibilidades de alargar la vida? En lo personal no me interesa. La vida no es un don. Es un castigo por el tremendo acto de egoísmo que llevamos a cabo los padres lanzando a alguien a un mundo que no le ofrece ninguna garantía.
La vida es un don preciado. Mentira.
La vida es algo que no he llegado a entender, por lo menos hasta el tiempo que llevo vivido, y me da la sensación que cuando la película se acabe va a ser como esos films que dejan el final abierto. Te quedás con las ganas de saber que pasa.
Pero honestamente no me interesa.
Ya estuve cerca de la muerte y me dio lo mismo.
Allí aprendí que no me queda otra que vivir y es bastante estúpido hacerlo mal.
Cada día a enfrentar hay que tratar de disfrutarlo.
Bueno sería que todos lo entendieran. Porque muchas veces el entorno es quien no te lo permite.
Hay una frase, que no sé a quien pertenece pero me gusta, que dice: “La vida es simple, es el hombre quien la complica”.
No creo que haya que ser un lama para disfrutar la vida, aunque hay que aprender a pensar lo más parecido posible. Tengo lo que tengo. Soy lo que soy. Haré lo que pueda y hasta donde pueda (física y temporalmente).
En algún momento me van a quedar muchísimas cosas por hacer, cantidad de sueños por cumplir. ¿Por qué desesperarme por uno de los tantos que hoy no puedo alcanzar? Hay otros, más simples, más realizables.
En una película que vi, no hace mucho tiempo, el protagonista planteaba que los ignorantes eran mucho más felices, lo que el interlocutor más viejo aceptó pero le dijo: “prefiero el padecimiento del conocimiento a la felicidad de la ignorancia”.
La sabiduría no pasa por saber mucho, sino en llegar a comprender que siempre es poco. El saber del mundo es tan grande (e inestable) que es imposible llegar a abarcarlo completamente. La humildad es un signo de que se ha comprendido lo pequeño que somos.
El recordar muchas cosas no es más que la demostración de una buena memoria. Hay organismos que tienen esa facilidad. Sin embargo es posible que sea mucho más inteligente aquel que razona lo poco que recuerda, recurre a las informaciones y aplica su experiencia, que aquel que utiliza palabras, citas, nombres, grandilocuentes pero continúa cometiendo los mismos errores una y otra vez, convencido de que es un superdotado.
He recorrido un largo camino. He aprendido a respetar y querer a todos. No tengo rencores. No sé tenerlos. No tengo grandes ambiciones. Lo único que pretendo es vivir en paz y feliz. ¡Poca cosa!
Hay muchos temas que quisiera tocar. Entre las limitaciones de la edad está la desconcentración. Ahora se me escapan. Tal vez escriba una cuarta versión (La segunda nunca la envié). Veremos. En este momento no sé por qué me viene a la memoria un poema que tengo guardado de Miguel Hernández, que dice:

QUISE SER… ¿PARA QUÉ?... QUISE LLEGAR GOZOSO
AL CENTRO DE LA ESFERA DE TODO LO QUE EXISTE.
QUISE LLEVAR LA RISA COMO LO MÁS HERMOSO.
HE MUERTO SONRIENDO SERENAMENTE TRISTE.


Nota: A esta altura de mi vida he llegado a los 64 y me quedan meses apenas para la jubilación. Nada ha cambiado. Sigo pensando lo mismo, por lo que publicarlo ahora tiene el mismo valor que hace apenas dos añitos.

DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO



DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO

No son más que las ideas locas de un jovato sexagenario…
No tienen por qué ser verdad… pero también podrían serlo…
He descubierto que la vida es notablemente parecida a un video juego.
Simplemente elegís un personaje y te disponés a superar
dificultades para dirigirte hacia algún lugar que no sabés
específicamente como es o en que consiste.
Con cada escollo que salvás o cada nivel que subís ganas puntos y te ponés feliz.
Pero enseguida tenés que continuar.
A veces algo te sorprende por el camino y… “GAME OVER”,
quedaste afuera.
Otras veces conseguís llegar hasta el final y cuando lográs
hacer el último movimiento no te dan ningún premio, no te
ponen una corona de laureles o te victorean triunfador.
Simplemente se acabó… Eso fue todo…
No sé si luego se iniciará otro juego… tal vez…
Cada quien tiene el derecho a pensar o creer lo que le venga en ganas.
Nadie ha vuelto para contarnos lo que sucede.
Pero lo que si es cierto es que mientras nos toca jugar
debemos disfrutar del juego.
Cada puntito que sumamos, cada obstáculo que vencemos es una porción de esa
felicidad que todos perseguimos.
Cuando nos toque dejar los controles lo único seguro
que nos llevaremos es haberla pasado bien.
El haber vivido con entusiasmo cada momento.
Y nada más…
Probablemente no es más que una tontería que imaginé
jugando con mi hijo… Probablemente no es más que eso…
A mi me sirve…
Les deseo que disfruten del tiempo por venir y que sean

muy pero muy felices.

VIDA DE MÉDICO

LA CONSULTA
Abrí la puerta del consultorio y llamé al próximo paciente.
Tal como era de esperar entro una niña, en realidad una adolescente, acompañada por su madre.
Ya las conocía de consultas anteriores y eran de esos pacientes que da gusto atenderlos. Educados hasta la exageración, con una actitud respetuosa hacia el profesional como casi no se ve en la actualidad.
Se me hacía que eran como esas figuras clásicas de las cerámicas Lladró, estilizadas, lánguidas, casi transparentes.
Ambas solían venir con sendos abrigos largos, de color pastel, que caían a modo de capa o túnica griega dándoles un aspecto más etéreo todavía.
Su educación y comportamiento iba de acuerdo a su apariencia.
“¿Ves esa letra?”
“Si, doctor”
“¿Y esta otra?”
“También, doctor”
Y repetía la palabra doctor luego de cada frase, en un tratamiento de respetuosidad y buenas costumbres, desgraciadamente infrecuentes.
La que se atendía era la niña que padecía un pequeño problema visual.
Ese día se había agregado al dúo un tercer personaje que no desentonaba con el conjunto: el hermanito menor.
Vestido de punta en blanco parecía una imagen sacada de las revistas de moda. Una prolijidad y buen gusto en cada uno de los detalles de su vestimenta.
El niño tampoco se quedaba atrás en lo referente a su educación. Corto de edad, como era, podía suponerse que su comportamiento fuera algo más díscolo, sin embargo entró al consultorio en silencio y se sentó al lado de su madre, obediente, mientras yo procedía a examinar a la hermana.
Mientras interrogaba a la niña, pude observan que el pequeño le decía algo a la madre en voz baja y esa le hacía un ademán indicando que esperara.
Continúo con el examen y vuelvo a observar los gestos del chiquirín que, esta vez, tironeaba del saco de la madre. Esta con gesto adusto le indicó que se quedara quieto.
Imaginé que el niñito estaba cansado y quería irse, cosa muy frecuente cuando se obliga a los chicos a concurrir a un consultorio, para ellos aburrido, y, encima, la atención por algún motivo se alarga.
Pero en este caso la insistencia de niño era muy acentuada y traccionaba del saco de la madre con fuerza requiriendo su atención. Cuando la madre lo miró con intención de reprenderlo, el chiquillo, con una voz clara, en la que se denotaba en forma evidente su necesidad, exclamó, casi gritando: “¡Mamá… me cago!”
Madre e hija pasaron del blanco mortal al morado en cuestión de segundos.
Yo, con mi mejor actitud comprensiva le recomendé que llevara a la pobre criatura al baño, haciendo el esfuerzo por no reír, dada la situación.
Las dos salieron con el niñito y yo quedé esperando que volvieran, cosa que no hicieron nunca más.
Perdí, de esa manera, una paciente pero cada vez que recuerdo las circunstancias me rio solo y me repito: ¡Valió la pena!

CONSULTA II
Doña Josefa era de esas personas que saben vivir.
Le ocurrían cosas como a todo el mundo pero ella las tomaba con la filosofía que había ganado con la edad y le daba el justo valor, con lo que vivía feliz y siempre encontraba un motivo de diversión.
El día lunes tenía turno para atenderse conmigo, pero ese día amaneció con un dolor intenso de un lado de la cabeza y la cara, todo acompañado de unas nauseas intensas. “Debe ser el hígado” le dijo a su hija “Mejor esperamos a que se me pase para ir al oculista”
Yo la había operado de catarata del ojo derecho y estaba feliz con la recuperación de su visión. El dolor era, “por suerte”, del otro lado.
Y digo por suerte porque lo que menos se le ocurrió pensar que la culpa no la tenía el pobre hígado sino que era un problema cuyo origen estaba el ojo izquierdo. Un cuadro infeccioso, violento lo había invadido subiendo la presión del mismo a valores increíbles, lo que le producía todos los síntomas que estaba experimentando.
Para cuando consiguió calmar el proceso y me vino a ver ya era muy tarde.
El ojo estaba perdido y era muy poco lo que se podía hacer.
Le restó total importancia al problema, mientras viera con el ojo operado todo estaba bien.
El conflicto fue que ese ojo comenzó a traerle problemas. Le dolía, no la dejaba descansar, era una molestia permanente. Intenté con todos los medios existentes y no obtuve resultado, Finalmente llegué a la triste conclusión que no quedaba otra alternativa que quitar el ojo enfermo.
La mujer lo tomó con total naturalidad “total no me sirve y si me quita las molestias…”
El que no estaba conforme era yo y le pedí que hiciera una serie de interconsultas intentando encontrar otra solución.
Todos mis colegas llegaron a la misma conclusión de tal manera que, la señora y la hija, volvieron convencidas y decididas a encarar la desdichada intervención
Realicé la cirugía y, como dice el refrán, muerto el perro se acabó la rabia.
La mujer revivió
Nunca vi a alguien tan feliz por haber perdido un ojo.
Se sentía bien. Los dolores intensos, las molestias que la atormentaban habían desaparecido y podía disfrutar de la buena visión del otro ojo.
Fue haciendo los controles posquirúrgicos y en una de esas oportunidades estaba, con el ojo vendado, en la sala de espera y se puso a conversar con otra paciente que me estaba esperando.
Le toca entrar a ella y me cuenta:
“Recién se me acercó una señora que está para atenderse por primera vez con usted… me pregunto que tal era y le dije que era muy bueno, me preguntó como andaba yo y le dije ¡Fantástico! ¿Se imagina? Si le digo que me sacó el ojo sale rajando”

CONSULTA III
Fue en el tiempo en que me fueron a buscar para que trabajara en el hospital de uno de los municipios del conurbano. Gente de bajos recursos que necesitaba imperiosamente la cobertura en los establecimientos oficiales porque carecía de obra social y mucho menos de prepagos,
El problema era que el único oftalmólogo que tenían no operaba. Necesitaban a alguien que fuera capaz de hacer cirugías con las condiciones que brindaba el hospital.
Yo carecía de tiempo pero lo acomodaron para que me fuera posible y así fui uno de los pocos médicos oftalmólogos que han realizados cirugías de la especialidad en ese lugar.
Honestamente fue un tiempo hermoso, feliz de poder realizar mi trabajo a mi estilo (concretamente sin diferencias con el consultorio privado) y con un grupo humano maravilloso con el que nos amoldamos rápidamente y disfrutamos de una actividad socialmente indispensable y que uno realizaba con gusto.
Ya en otra oportunidad voy a contar otra historia que pone de manifiesto como funcionaba el sistema. Sin embargo, lo que hoy os quiero referir, resulta una situación graciosa. Graciosa porque el final fue feliz aunque podría haber sido trágica.
Las asistentes sociales hacían un trabajo encomiable. En uno de sus recorridos encuentran a un anciano que estaba alojado en un asilo (geriátrico pero de más bajo nivel) que estaba prácticamente ciego porque padecía de cataratas y no tenía ni un solo familiar, por lo que estaba abandonado a su suerte. Las profesionales se encargaron de traerlo para que lo atendiera y lo siguieron hasta que pude realizar la cirugía.
En ese entonces la operación de catarata se efectuaba con anestesia general, con lo que me obligaba a programar mi día quirúrgico en concordancia con las posibilidades de los otros servicios.
Para colmo, por esos tiempos, se estaban modificando los quirófanos y por lo tanto quedaba uno solo en uso. Así fue que el jefe de anestesiología ubicó mi operación en primer término, o sea a las 08:00 am. Y me solicitó que fuera puntual para que no se atrasaran el resto de las cirugías programadas.
Yo disfrutaba de levantarme temprano. Vivía muy lejos del hospital y el camino a recorrer era bastante engorroso porque estaban construyendo una autopista pero todavía faltaba. Sin embargo me divertía mucho recorrer un camino bordeado de árboles, en donde los troncos estaban cubiertos de escarcha y mientras yo conducía calentito dentro de mi vehículo afuera el paisaje parecía un típico lugar del sur de nuestro país, el blanco del hielo le daba el aspecto de estar cubierto de nieve y era una sensación muy linda.
Llegué de muy buen humor, y a la hora indicada ya estaba preparado para comenzar a operar. El anestesista realiza un trabajo impecable y me da el visto bueno para que comience.
A decir verdad fue una cirugía fácil, de esas que no tienen complicaciones con lo que en muy poco tiempo había terminado. Junté mis cosas (Yo llevaba el instrumental quirúrgico porque el hospital no tenía) y le dejé encargado al anestesista que terminara de despertarlo y lo llevara a la sala de internación. Yo lo iba a controlar antes de irme, pero para no perder tiempo ya me iba al consultorio externo donde tenía unos cuantos pacientes esperando.
Debían ser aproximadamente las 12:00 cuando la enfermera de quirófano, una correntina muy graciosa, se asoma por la puerta trasera del consultorio y me larga:
“Doc. ¿Sabe donde está su paciente… el que operó esta mañana?”
“¿Dónde?” Pregunté semi alarmado.
“¿En el quirófano?”
“¿Y que hace en el quirófano? ¿Qué le pasó?”
“No lo pueden despertar” Y haciendo una sonrisita cerró la puerta y se fue.
Ni pensarlo dos veces, dejé todo lo que estaba haciendo y corrí hacia cirugía.
Cuando llego me encuentro con el jefe de anestesia. Me hizo seña que me tranquilizara y me explicó:
“No lo podíamos despertar, pero recién se nos ocurrió pensar que el señor debe tener un problema congénito en donde le falta una enzima que es la que hace que el anestésico desaparezca rápidamente del organismo. Al no tener este componente los fármacos siguen actuando y no lo despertamos ni por casualidad”
“¿Y”
“Quedate tranquilo, le hacemos una pequeña transfusión de sangre fresca y se despierta enseguida”
Efectivamente así fue la cosa. Le pasaron unos centímetros cúbicos de sangre que trajeron del banco y en minutos comenzó a dar síntomas de recuperación.
Me fui más relajado y quedé en controlarlo al día siguiente.
Cuando volví al otro día lo encontré feliz, desayunando.
Lo salude y le pregunté como la había pasado.
“Fantástico doctor” Yo ya le había sacado la venda y el hecho de comenzar a ver lo animaba más todavía.
Lo revisé y le di las instrucciones en relación a como debía continuar durante el posquirúrgico.
Y fue en ese momento en que el viejito, con una sonrisa, me dice:
“¿Sabe una cosa doctor? No sentí nada… pero nada de nada…
 Seguro que usted me dio algo para dormir. ¿No?”
No respondí, no sabía si reír o contarle lo que había pasado.
Preferí dejarlo así, ya le explicaría cual era su problema para que no se le fuera a repetir.
 
CONSULTA IV
Recién dábamos nuestros primeros pasos en la oftalmología.
Nuestro jefe nos había confiado la atención en un consultorito que el conducía en una clínica que tenía bastante movimiento
El sitio de atención era pequeño y apenas si alcanzaba para recetar un anteojo y revisar un ojo con un solo instrumental.
En esa época el control de la presión ocular se hacía con un aparatito que requería que el paciente se acostara en una camilla.
Con mi esposa (atendíamos juntos) teníamos un sistema para acelerar la atención. Cuando alguien tenía que hacer un fondo de ojos y/o controlar su tensión ocular yo lo llevaba a alguno de los consultorios que había en la parte posterior de la clínica. Era una zona donde había una serie de consultorios que habitualmente nadie ocupaba, lo que me permitía hacer la medición, le colocarle las gotas para dilatar las pupilas y lo dejarlo esperando a que hicieran efecto. Mientras tanto, mi esposa, continuaba con la atención. Yo me le unía y a los 20 o 30 minutos iba de nuevo a ver al paciente que esperaba y le efectuaba el examen del fondo de ojos sin interferir con las otras consultas.
El sistema funcionaba.
Viene un paciente que tenía un trastorno circulatorio en una de las venas del ojo izquierdo, justamente había que seguir su evolución con el examen de su fondo de ojo. Es así que lo llevo al consultorio trasero, le controlo la presión y le coloco las gotas. Le explico que tiene que esperar a que hagan su efecto.
Fue un día muy ajetreado y atendimos una cantidad importante de personas. Terminamos nuestra atención. Acomodamos lo que quedaba en el consultorio y nos fuimos. Saludamos de pasada a la gente de admisión y salimos de la Clínica.
Subimos a nuestro autito que estaba estacionado muy cerca y nos dirigimos por una avenida que nos llevaba hacia la casa de mis padres. Era la costumbre.
Habríamos hecho aproximadamente unas veinte cuadras (2 Km) y se me ocurre pensar que no recordaba haber guardado el tonómetro (Instrumental para tomar la presión).
“Che, Mirta ¿Dónde dejé el tonom…? ¡El paciente… me olvidé el paciente!”
“¿Qué paciente?”
“¡El que dejé dilatando, me lo olvidé en el consultorio del fondo!”
Justo en el camino había una rotonda (Glorieta en España), giré y retorné a la mayor velocidad que pude volviendo hacia la Clínica.
Justo en el momento en que estacionaba vi que el señor olvidado salía del edificio.
Me vio y me saludó con la mano.
Ya se iba pero se detuvo y haciendo bocina con las manos me gritó:
“¡Doctor, el aparatito para tomar la presión se lo dejé a las chicas en admisión!!!”
Es cierto, eran otros tiempos.

CONSULTA V
Era la época en que había un lenguaje social y uno familiar. Niño no debes decir malas palabras. Y había un sinnúmero de términos considerados malos que no se podían utilizar en la conversación habitual. En confianza esas palabras podían usarse si la situación lo ameritaba.
Todos sabíamos las sinonimias y usábamos el lenguaje que correspondía. Sir por distracción o descuido se nos escapaba alguna expresión inadecuada sentíamos una tremenda vergüenza y hasta en ocasiones pedíamos disculpas por el término utilizado. Mucho más cuando con quien hablábamos era un desconocido.
No voy a entrar a discutir si era mejor o peor. Si, es evidente, que cualquier individuo tenía un bagaje de términos mucho más amplio que en la actualidad y eso facilitaba tremendamente la comunicación.
Pero la historia que mereció esta introducción ocurrió en un hospital de pueblo donde el azar me había llevado a prestar mis servicios.
Sale un señor después de una consulta con el urólogo y se dirige a la recepción.
En ese momento no estaba la titular y transitoriamente la cubría la radióloga que, cuando no tenía trabajo, iba a conversar con sus compañeras de admisión.
“Si señor… ¿En que lo puedo ayudar?”
“Necesito que me anote para una cirugía”
“Como no… dígame ¿De que lo van a operar?”
“El doctor sabe”
“Hay… es que el doctor se acaba de ir. Dígame usted”
“Bueno… Usted anote una cirugía para el martes”
“Ya lo sé… pero me tiene que indicar que tipo de cirugía”
“El doctor… el urólogo me va a operar”
“Ya entendí señor pero ¿De qué? ¿Qué cirugía le va a hacer el urólogo”
El hombre miraba hacia el consultorio esperando ver la figura salvadora del médico pero nada… Estaba solo… a su suerte…
Con cara de desesperación y como una explosión exclamó:
“Bueno… De lo huevos… que les dicen…”
La empleada no respondió. Se escondió en el baño y no volvió a salir hasta que no llegó la encargada oficial que llevó la cosa adelante como pudo.
El martes la cirugía fue un éxito y los testículos del señor volvieron a estar en sus mejores condiciones.

CONSULTA VI
En el hospital donde hice mis primeras armas el sistema de atención era el siguiente: Se apilaban las historias clínicas sobre un mostrador alto y cada uno de los médicos del servicio iba tomando la que quedaba arriba. De esa manera no había elección de médico, a un paciente podía tocarle cada vez un oftalmólogo distinto o repetir alguno dos, tres o más veces, según le cayera la suerte.
La opinión de nuestro jefe, muy bueno para algunas cosas y muy malo para otras, el sistema hacía que la gente que quería que lo atendiera siempre un mismo médico tenía que concurrir a su consultorio privado En el hospital no tenía elección. Una idea bastante estúpida pero que cuando yo dejé de concurrir a ese servicio se seguía aplicando.
Por ese entonces tenía un compañero de trabajo que era tremendamente ansioso. El hacía todo a las apuradas. Pues bien, llama al paciente primero de la montaña de historias clínicas y pasa una viejita, pequeña, con su bolsito a cuesta. En ese momento lo llaman, a mi colega, y entonces este le indica a la señora que pase y se siente en uno de los aparatos que usábamos para revisar los ojos.
Este instrumental, que todavía hoy se usa, es una especie de microscopio binocular, con una luz paralela al observador, lo que permite ver el ojo algo así como 40 veces más grande. En ese momento este aparato estaba montado sobre una mesa que subía y bajaba por un sistema que consistía en un gran tornillo central que se lo hacía girar con una especie de rueda, de manera que subiera o bajara según la necesidad. Generalmente estaba muy bien aceitado ya que el instrumental era pesado y así se facilitaba su movimiento.
La ancianita entró y se sentó obediente en uno de ellos y esperó la llegada de mi colega.
Este se desocupa y viene apurado, como siempre, y sin mediar palabra, al ver que la anciana era pequeña, toma la rueda y le imprime un movimiento rápido. El aparato comenzó a descender con cierta velocidad.
La viejecita que hasta ese momento no había dicho una palabra, comenzó a gritar:
“¡Los huevos, doctor, los huevos!”
Nadie entendía que sucedía pero todos fuimos a ver que podíamos hacer y allí descubrimos que la ancianita había colocado su bolso sobre la falda y la mesa al bajar rápidamente lo había aplastado. Lo malo es que dentro del bolso la viejecita traía una docena de huevos, de los que no quedo ni uno sano.
La señora aprendió a tener más cuidado para elegir el lugar donde ponía sus huevos y el médico siguió siendo el mismo atosigado de siempre, aun en la actualidad.

CONSULTA VII
El hombre cumplía con todos los requisitos que una buena familia requiere.
Una esposa, dos hijos, una buena posición, una edad en la que los ímpetus de la juventud se han calmado, y un nivel de urbanidad propio de otros tiempos.
Todo se complementaba con una familia de esas de las películas de Hollywood. Una esposa que cuidaba a sus hijos como la gallina a sus pollitos, una parejita de niños que podían formar parte de una revista de modas y el, padre y marido orgulloso, un individuo correcto y respetuoso, conformando un hogar modelo.
Armando, que así se llamaba, concurrió un día a mi consultorio porque notaba una cierta disminución en su visión.
Su hijo más pequeño compartía el colegio con el mio, por lo que teníamos una cierta amistad.
Lo hago pasar y, efectivamente, compruebo que había una merma en su visión. Nada preocupante y que no se corrigiera con un buen par de anteojos.
Le hago la indicación y le pido que cuando los tenga hechos los traiga para que yo los controle, cosa que, por supuesto nunca hizo.
Pasan unos meses y nos encontramos en una fiesta de cumpleaños que organizaba otro de los chicos del colegio. Me saluda afablemente y espera discretamente a que el resto de la familia se reúna con los otros concurrentes y él pueda quedar conmigo a solas.
Se me acerca discretamente y en voz baja me pregunta:
-       Alberto, los anteojos que voz me recetaste ¿Agrandan? –
-       No Armando, no. Los anteojos que te receté simplemente te hacen ver mejor. Con más nitidez. ¿Por qué, que te ocurre? –
Y allí fue donde me dio la respuesta que yo menos hubiera esperado.
            -  ¡Que lo parió! ¡La de gomas que me estaba perdiendo! –

CONSULTA IX
En ese entonces yo trabajaba en una clínica que quedaba en un pueblo que estaba a unos 75 Kms de Buenos Aires.
Todavía no me había recibido de oftalmólogo y me la rebuscaba trabajando de médico clínico, cubriendo la guardia.
En esa época se había roto la ambulancia y por l tanto para poder hacr los controles domiciliarios habían contratado a un taximetrero. Un tipo canchero, muy divertido, que conocía a todo el pueblo y las costumbres de sus pobladores.
La gracia era que había aprendido la palabra priapismo. El priapismo es una enfermedad que produce una erección permanente, dolorosa, y evidentemente extremadamente molesta, pero él la había tomado por el lado de la broma y le pedía a todo el mundo que le consiguieran un virus del priapismo porque a él le hacía falta.
Su mayor diversión era pedirles a las enfermeras, que no sabían de que se trataba, que fueran a solicitarles a los médicos alguna muestra gratis de priapismo. No les cuento las caras de las pobres cuando volvían después de haber pasado el papelón de hacerle el pedido a cualquiera de los médicos de la clínica.
En una oportunidad habíamos salido a hacer una visita a domicilio y cuando volvíamos el hombre a una de las enfermeras de mayor edad que trabajaba en la clínica. Me pide permiso para llamarla y alcanzarla hasta su trabajo, cosa que acepte de buen gusto.
Sube la mujer y lo primero que este le larga: “María, vos que sos la mas canchera ¿Por qué no me conseguís un poco del virus del priapismo, que me anda haciendo falta?”
Siempre recuerdo los ojitos de pícara de la enfermera cuando le respondió: “Mirá, Antonio, que es eso no tengo ni idea, pero si querés, lo que tengo es una paciencia bárbara”

Yo me reí hasta que llegamos a la clínica y él nunca más volvió a repetir la broma.

NANI (Una historia real)

NANI

Nani fue uno de esos seres extraños que pasan por la vida de uno fugazmente como los cometas, pero que siempre dejan esa luminosidad diferente, especial, que perdura en el recuerdo y se torna imborrable.
Nani trabajaba en el mismo lugar que yo. Compartíamos tareas, aunque yo tenía un cargo levemente superior al suyo. Sin embargo establecimos una hermosa amistad, no tanto por mi, sino por ella, ya que era de esos seres puros, mágicos, que abrían su corazón de tal manera que era imposible no meterse en el.
Aparentemente venía de una buena posición porque hablaba varios idiomas y tenía un nivel cultural que no se adquiere fácilmente. Sin embargo había elegido trabajar humildemente. Ganarse la vida con sus armas. Y es aquí donde comienza lo que os voy a contar. Tal vez les sirva a otros también.
Era muy buena en lo que hacía, un trabajo técnico, pero complementaba sus ingresos cosiendo ropa. Ropa loca al estilo de la de los años en que pululaban los hippies o reparaba los vestidos de aquellos que le solicitaban algún tipo de arreglo.
Pero Nani tenía otra faceta. No voy a decir otra vida porque todo formaba parte de su ser y no lo ocultaba. Era una morochita menuda, hermosa… o tal vez no era tanto lo hermosa si no ese halo de luz que la rodeaba, que la hacía ver diferente. Un cuerpo muy bien formado con el que lucía atractiva, tentadora. Y eso era también, para Nani, un arma de trabajo. ¿De trabajo? Exacto, porque, y esto es lo insólito, acostumbraba a responder a esos pedidos que suelen aparecer en los diarios en los cuales algún señor solo pide una señorita de buena presencia para oficiar de acompañante durante un viaje o una estadía en Buenos Aires.
Dicho de otra manera una “prostituta” transitoria. Y Nani no tenía ningún problema en contarlo.
Realizó así una increíble cantidad de esos “viajecitos”, donde alcanzó insólitos lugares y vivió vidas que no eran las habituales, cosa que después refería, cuando volvía, casi sorprendida de que existiera ese otro mundo.
“¿Sabe, jefe?, cada botella de Champaña que tomaban valía lo que yo gano de sueldo” Exclamaba y se reía.
Les cuento que en uno de esos viajes fue contratada por un alemán, ya maduro, que trabajaba en EEUU, y le encantaba el sur argentino. El tema fue que este hombre realizó varios viajes y en cada uno de ellos se preocupó por conseguir su compañía. Era evidente que tenía mucha afinidad con nuestra querida Nani.
Entre viaje y viaje, ella, solía pedirme que le cambiara billetes de U$S 100. “¿Te los mandó el alemán?”, le preguntaba, y ella se reía con esa risa traviesa y transparente.
Un día vino específicamente para hablar conmigo. Tenía un gesto que nunca le había visto.
“Jefe… el alemán se jubila… se viene para este lado… Quiere casarse conmigo e irse a vivir a Bariloche…” Explicó con una seriedad poco habitual en ella.
“¡Negrita, sacaste la lotería! Es el sueño del pibe… Te parás para toda la cosecha… El alemán tiene guita, quiere casarse y encima vivir en Bariloche, que es lo más hermoso que puedas pedir… Genial!!”
Se quedó un instante en silencio.
Me miró con esos ojos expresivos, que nunca voy a olvidar, y suavemente exclamó:
“¿Y mi libertad?”
No pude responderle. ¿Que decir ante esa pregunta?.
Ella tomó su decisión.
Y voló. Voló como los pájaros.

PREDICAR CON EL EJEMPLO

Siendo pequeño, apenas seis años, me habían relatado (y remarcado) la historia que contaba que Sarmiento ponía por sobre todas las cosas su responsabilidad y nunca había faltado a sus obligaciones. (“Jamás había dejado de ir al colegio”, era lo que nos contaban).

Era la hermosa época en que nuestros héroes eran individuos dignos de ser imitados. Verdaderos prohombres que nos enorgullecían y nos daban un sentimiento de patria, sabíamos que eran hombres de carne y hueso, con las mismas necesidades que nosotros, sin embargo las habían superado en aras de una pasión, de una entrega hacia el prójimo (o sea nosotros) que nos hacía darles un valor especial y sentir orgullo y necesidad de seguir sus pasos.
Yo estaba imbuido de esa mentalidad de héroes a imitar. Creía a pie juntillas las historias que mis nobles maestras me habían contado una y otra vez.
Ese día amaneció lluvioso. El viento era común en mi pueblo. Los truenos retumbaban a la distancia conformando un cuadro lo suficientemente desalentador para cualquiera. Excepto para mí.
La historia de Sarmiento había calado hondamente en mi espíritu y, por lo tanto, pasara lo que pasara no podía faltar al colegio. “Pero Betito (diminutivo de Alberto que es mi nombre) mejor te quedás en casa, afuera pinta muy feo” “No, mamá, yo quiero ser como Sarmiento, llueva o truene tengo que ir al colegio”.
Larga fue la discusión, las idas y vueltas, pero de esa no pudieron sacarme. Yo tenía que cumplir con mi deber.
Finalmente terció mi abuelita (cuando no las abuelitas) “Dejá, Carmen, que yo me cambio y lo llevo”.
Eran apenas unas pocas cuadras, diez minutos a pie, por lo que llegamos sin ningún inconveniente.
Colegio nº 16, de Tres Arroyos (Año 1956). En la puerta estaba la directora. Me recibió con una sonrisa y mientras yo me dirigía a clases se quedó conversando con mi abuelita.
Para ir hacia las galerías que daban a los salones tenía que cruzar el hall de entrada. Siempre tuve muy buen oído, o la maestra lo hizo con intención como para que la oyera, el asunto fue que oí con total claridad cuando una “docente” le decía a la otra “Yo no sé qué piensan estos chicos, con el día que hace podrían haberse quedado en su casa tranquilamente”
Cuando escuché esas expresiones de aquellas que me habían contado y explicado el orgullo que representaba el ser responsable, siguiendo el ejemplo de nuestros grandes, como si me hubieran dado una orden por control remoto, me di vuelta, desanduve mis pasos y tomando de la mano a mi abuela sin dudar expresé: “Vamos, abuela, vámonos”.
Las dos, la directora y mi abuela, que justamente estaban hablando sobre mi insistencia en concurrir a clases, quedaron sorprendidas.
Trataron de que les explicara mi decisión pero me empeciné en no decirles nada. Finalmente la señora Directora insistió en que me quedara. Respetuosamente obedecí.
Casualmente mi maestra (de quien no voy a poner su nombre porque a ella le debo muchas cosas muy buenas) ese día se había quedado en su casa.
Me enviaron a otro grado. Era 2º grado donde la Sra. Carrillo desparramaba su terrorífica presencia entre todo su alumnado. Entendí que fue una especie de castigo por haber importunado con mi estúpida creencia que “se predica con el ejemplo”.
Nunca más fui a clases así cayeran cuatro gotas. Aprendí el viejo refrán: Haz lo que yo digo y no lo que yo hago. Aprendí a creer en las cosas que yo mismo puedo corroborar. Aprendí a ser un escéptico natural, no de escuela, que eso es muy estúpido, sino aplicando la lógica.
Aprendí a ver el mundo de otra manera.
Tal vez fue eso lo que quisieron enseñarme aquel día.
Si fue así, pueden tener la seguridad de que lo he guardado para toda la vida.
Ah… Una sola cosita… Yo sigo priorizando la responsabilidad y creo que más allá de la historia de Sarmiento, la metáfora es lo que vale. Y lo que uno ha aprendido, por haberlo vivido, no lo puede cambiar nadie.

Ya no compro buzones.

EL PAYADOR

Ayer fue el día del payador. Un ser de los que quedan pocos. Algo parecido a los raperos de hoy. Un contrapunto entre aquellos que se sentían hábiles para improvisar rimas que les servía para enfrentarse entre ellos y demostrar quien tenía más capacidad. A veces era una manera de buscar un enfrentamiento más agresivo. Al gaucho nunca le faltaba un apero, un facón y una guitarra. Dos obras literarias, de fuste, nos lo recuerdan. Por un lado el Santos Vega que, metafóricamente, enfrenta al pasado con el futuro en una payada, y por otro, la Biblia Criolla, el Martín Fierro, en donde su autor, José Hernández, muestra como un gaucho manso es llevado por las circunstancias, comunes en esa época, a transformarse en un individuo pendenciero, cargado de rencores.
Aquí van fragmentos de ambos. Posiblemente, no digo los más grandes, pero si los más representativos de una época que pasó. O tal vez no pasó sino que fue cambiando de ámbito y de características. El ser humano es siempre el mismo.
Este dibujo pertenece a Juan Carlos Castagnino, uno de los grandes artistas argentinos, y corresponde a una serie de dibujos que realizó para ilustrar una edición popular del Martín Fierro.

   MARTÍN FIERRO

Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela
Que al hombre que lo desvela
Una pena extraordinaria
Como el ave solitaria
Con el cantar se consuela.

"..Soy gaucho entiéndanlo
como mi lengua lo explica:
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor 
ni la víbora me pica
ni quema mi frente el sol..."


"...yo soy toro en mi rodeo 
y torazo en rodeo ajeno;
siempre me tuve por güeno 
y si me quieren probar 
salgan otros a cantar
y veremos quien es menos.." 


                                José Hernández.                                
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 SANTOS VEGA

  Cuando la tarde se inclina,
Sollozando al occidente,
Corre una sombra doliente
Sobre la pampa argentina.
Y cuando el sol ilumina,
Con luz brillante y serena
Del ancho campo la escena,
La melancólica sombra
Huye besando la alfombra
Con el afán de una pena

Cuentan los criollos del suelo
Que en tibia noche de luna
En solitaria laguna
Para la sombra su vuelo,
Y allí se ensancha y un velo
Va sobre el agua formando
Mientras se goza escuchando,
Con singular beneficio,
El incesante bullicio
Que hacen las aguas rodando.

Si la guitarra algún mozo
En el crucero del poso
Deja de intento colgada
Viene la sombra, callada,
Y al envolverla en su manto
Se oye el preludio de un canto
Entre las cuerdas dormidas,
Cuerdas que vibran heridas
como por gotas de llanto

Rafael Obligado.


SPIKE


Llegó un día.
Un día cualquiera.
Se notaba que la había pasado mal y se acurrucó bajo unos andamios que habían puesto unos albañiles que, a la sazón, estaban trabajando en mi casa.
Lo hicimos entrar en casa. Lo bañamos (en realidad lo baño mi suegro). Siempre con la precaución de no saber que tipo de carácter tenía.
Resultó ser lo más bueno que he conocido en toda mi vida.
Fue el mejor amigo de mi hijo pequeño.
Fue mi mejor amigo.
Una sola anécdota lo pinta a las claras.
Le quedaba como rezago de su vida de callejero el enfrentar a cuanto perro veía.
Era algo instintivo que lo hacía pelear con sus congéneres.
En una oportunidad se escapó de mi cuidado y fue a enfrentarse con unos perros que tenía el vecino.
Fui a buscarlo y lo traje a la fuerza.
Era grande pero lo levante y lo traje para casa entre los brazos.
Enfurecido abrió la boca dispuesto a morder.
En ese momento vio quien lo sostenía y quedó con la boca abierta, sin cerrarla, sin esgrimir una protesta.
Se nos fue hace mucho tiempo.
Sin embargo no se fue nunca. Nos dejó la enseñanza de su agradecimiento, de su amistad, de su lealtad inquebrantable.
Hoy te recuerdo amigo.
En realidad siempre te recuerdo. Hoy apenas es un mínimo homenajearte.
Pido disculpa si he cometido errores, escribo esto con los ojos llenos de lágrimas.




HOY ME SIENTO MAL

Hace frío  Un viento que empeora la sensación esta soplando desde muy temprano.
Está comenzando a llover.
Parece que el tiempo acompañara mi estado de ánimo.
Estoy como el día, gris, lluvioso y hasta, si queréis, ventoso.
Ayer, cuando iba a doblar y me faltaban unas pocas cuadras para llegar a mi casa, después de un día agotador, más que agotador tensionante, fui embestido por una moto que intentó pasarme a pesar de que no tenía lugar y yo había puesto la luz de giro.
Apenas un rayón y un espejo roto y el motociclista entero.
Sin embargo ahora todas las molestias burocráticas de hacer la denuncia al seguro, llevar el auto al chapista, etc, etc.
Racionalmente yo sé que es un episodio más de la vida.
Racionalmente yo sé que no tiene mayor importancia.
Pero permitidme que hoy me sienta mal.
Que la bronca contenida se manifieste como ese viento que sopla en mi ventana.
Que esas ganas de gritar el absurdo ¿Por qué a mi? Sabiendo que no hay respuesta, o puede haber un montón, que no cambian la cosa.
Que el cielo lloré por mi porque yo sé que no debo llorar, pero ¡Que ganas que tengo!
Que las nubes tapen el sol, aunque más no sea por hoy, o tal vez por un momento.

Hoy estoy mal.

VOLVER A EMPEZAR

VOLVER A EMPEZAR

Una y otra vez. La repetición inacabable de la misma sensación.
No siempre es así. Hay veces que esa sensación me acompaña desde el vamos.
Pero no es lo habitual.
Normalmente me levanto bien. Con proyectos y hasta, tal vez, la alegría conservada del día anterior.
Algo debo hacer mal porque en cuanto entro en contacto con mi entorno vuelve sistemáticamente esa sensación de angustia que se mete en los huesos, te carcome por dentro y, lo que es peor, te roba los pocos momentos que lógicamente te quedan,
Ya estoy viejo. Ya me preguntan por mis nietos. Por más que uno se sienta joven y con fuerza, la realidad lo golpea con la fuerza de un vendaval.
Y así estamos. Nada está bien. O todo está bien. No lo sé.
Puede que sea que yo que no me adapto a los tiempos que vivo o a los tiempos vividos. Porque nada es casual. Todo es una consecuencia.
Recibo malas respuestas, se crean a mi alrededor circunstancias que me ponen mal. Códigos rotos que ya no se van a componer y actitudes diferentes a las que uno razonativamente cree que son las incorrectas, pero que no van a cambiar. Lo malo es que no sé si quiero adaptarme.
Y me hace daño.
Hoy es un feo día (climáticamente hablando), sin embargo siempre he dicho que los días están dentro de uno, que cada cual hace sus días, no importa lo que pase afuera, dentro de uno siempre hay una posibilidad de vivir mejor.
Ahora estoy angustiado. Quiero romper el círculo y no puedo. Intento. Trato de encontrar salidas y choco con la mala respuesta, con la actitud errónea.
Y todo vuelve a empezar.
Otra vez la angustia. Volver a sentirme mal. Pelear contra los molinos de viento.

¿Hasta cuando?

ELMUNDO QUE INVENTAMOS

¿Hay un mundo?
Estoy dudando de que exista.
Probablemente sea solo una ilusión, algo que el imaginario colectivo inventó y lo repitió tantas veces que todos llegamos a creer que existía realmente.
La vida pasa tan velozmente que no hay tiempo para existir.
Detenerse a leer, a ver una pintura, a disfrutar un paisaje son cosas de alguna mente calenturienta.
Creemos que alguien se preocupa por nosotros y no nos damos cuenta que estamos solos.
El “fast” se nos ha metido tanto en la sangre que hemos perdido lo poco que teníamos para competir por la nada que creemos poseer.
¿Qué triste, no?

¡Que mierda que es todo esto!

EL AFICHE QUE NUNCA FUE

Tres Arroyos es una ciudad del sur de la Provincia de Buenos Aires. Zona de campo, con los mejores campos agro-ganaderos  Se inició como un fortín para defender a los ganaderos de los ataques de los indígenas que asolaban toda la región patagónica y pampeana, robando ganado, matando a los que pretendían vivir en la zona y raptando a sus mujeres  Finalmente los caseríos que se fueron formando a su alrededor dieron origen a un pueblo y este a una ciudad que alcanzó niveles de desarrollo envidiables y que lamentablemente hoy fueron desapareciendo. El entonces Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Dardo Rocha, puso la piedra fundamental para la formación de la ciudad. 
En el año 1959 se hizo un concurso de afiches para festejar el 75 aniversario de su fundación. El mismo tenía que ser en tres colores, sin contar el blanco y el negro. Mi padre compitió resultando ser el ganador. Sin embargo el afiche nunca llegó a imprimirse. No sé las razones pero creo que fueron, cuando no, de presupuesto. Esta fue la obra que presentó y que sigue siendo un orgullo para mí, que en esa época tenía 10 años.


A continuación les agrego una foto de Tres Arroyos. Creada al estilo español, es una cruz con una plaza central alrededor de la cual está la municipalidad, la iglesia, el colegio nacional y el colegio N|° 1. Y como no podía ser de otra forma la estatua de San Martín en el centro de la misma.. 

Municipalidad

Estatua de San Martín y el comienzo de una de las avenidas que parten en cruz a la ciudad de Tres Arroyos. El edificio del fondo fue considerado de interés público y perteneció durante mucho tiempo a una aseguradora local, para cubrir riesgos del campo.



MI SUEGRO

Mi suegro siempre encaró el espíritu de la rebeldía. Descendiente de españoles (abuelo valenciano y abuela de Castilla la Vieja) tenía el orgullo de los viejos Quijotes. trabajó toda la vida en el ferrrocarril y una de las primeras cosas que hizo fue afiliarse a "La fraternidad" uno de los pocos sindicatos que mantuvo su independencia política por mucho tiempo. Este es su carnet de 1947. Vean la foto. Era un tipo realmente lindo y haciendo el servicio militar fue tentado ara que se dedicara al cine y dijo que no. Un compañero de el que siguió por ese camino llegó a ser notablemente famoso: Alberto De Mendoza. Cosas del destino. Cada cual elige su camino.



"Cinema Roma"

Mi abuelo vivía en la localidad de Laprida. Una pequeña ciudad, alguna vez considerada la más limpia del país. Y entre las muchas cosas que hizo también tenía un cine. Este es un programa del "Cine Roma" de 1921. Valor sentimental e histórico. Fíjense que las películas se dan por actos y en la central trabaja Williams Hart, el primer "cowboy" del cine, que era de origen judío y en la realidad no sabía montar a caballo. Los cines en ese entonces en el entreacto tenían que tener números vivos. Y llegué a ver en el cine Flores en Buenos Aires a un pianista. Con el tiempo fueron reemplazados por la proyección de dibujos animados y actualmente por los "trailers"