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DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO III
Alberto Colonna
Febrero, 2011


Estoy próximo a cumplir los 62 y me han ocurrido cosas, situaciones, que me han golpeado. No por lo que ellas en si significan sino por la sorpresa de no esperar que las mismas ocurrieran.
Por una cuestión político económica todas las personas se jubilan a los 65 años. ¿Por que? Porque no se puede establecer cuando el ser humano comienza a flaquear en puntos vitales para la sociedad y es necesario que “entregue la posta”.
La vida es una escalera, cada año es un peldaño que vamos subiendo hasta el final de la misma, no importa cuando, es lo menos importante… pero ya les hablaré de eso.
No es lo mismo a los 62 que a los 61. Se supone que en el transcurrir del año he aprendido, he incorporado nuevos conocimientos y experiencias, así como también he sumado limitaciones, mínimas, pequeñas, imperceptibles, pero reales.
Uno es conciente que no conduce como lo hacía hace 30 años atrás, que no retiene las cosas con la facilidad con que lo hacía, que se cansa mucho más, que se ha vuelto más sensible y lo golpean mucho más cosas que hace un tiempo atrás le resbalaban. También es conciente que está más pausado, no se arrebata ni se equivoca con la facilidad con que lo hacía, disfruta más de las cosas que hace, la experiencia sumada le permite enfrentar desafíos que hoy le resultan simples y antes eran todo un mundo.
Claro, las fechas son relativas. Pero pongámosno de acuerdo en que los sesenta es una edad en la cual uno ya llega cansado de trabajar, harto de soportar las mismas preguntas absurdas, los mismos conflictos que debieran ser conocidos y para algunos se les presentan como grandes novedades. Es una edad en la que, si ha hecho bien las cosas o  ha tenido suerte, todavía está entero para disfrutar de los otros placeres, de otros caminos que posiblemente durante su tiempo activo no pudo recorrer.
Nos están sobrando cinco que son las reglas del juego. Pero punto. Cinco más y nada más. Lo que nos queda es un camino corto y hay mucho por recorrer.
Por otra parte, siempre lo digo: “Cuando uno “chochea” no se da cuenta”. ¿A que vamos a esperar? ¿A que nos descarten por inservible o peligroso? Porque eso es lo peor. La persistencia en la continuidad de la vida que no nos corresponde comienza a ser peligrosa para el resto de los que nos rodean. La edad nos debe dar esa cuota de responsabilidad. “El necio nunca aprende, el inteligente aprende de sus errores, el sabio aprende de los errores de los demás”, dice el viejo adagio.
El problema surge cuando alguien es tan poco capaz que ha aprendido una sola cosa. Solo sabe moverse en un espacio y si se lo quitan se desespera. Los estadounidenses, que son muy prácticos, (es cierto viven otra realidad socioeconómica lo que lo hace más fácil) dicen que unos cuantos años antes hay que ir preparando el retiro. Lenta, pero progresivamente hay que ir delegando actividades y esos espacios irlos cubriendo con otras ocupaciones, de tal forma que cuando llegue el tiempo del retiro, de alguna manera uno ya esté en otra cosa y no note la diferencia.
Estos 62 años me han enseñado que no existe nada mejor ni peor. Cada uno tiene un gusto diferente, una manera de vivir distinta, una forma de aprovechar el tiempo personal. Lo que le gusta a cada uno es lo mejor. Y lo que no le gusta no sirve.
Hay reglas, que los años han enseñado. Reglas de salud. Alterarlas forma parte, justamente de esa incapacidad de crecer, de transcurrir la vida absurdamente. Nada asegura nada, pero se supone, que dan más posibilidades.
¿Posibilidades de alargar la vida? En lo personal no me interesa. La vida no es un don. Es un castigo por el tremendo acto de egoísmo que llevamos a cabo los padres lanzando a alguien a un mundo que no le ofrece ninguna garantía.
La vida es un don preciado. Mentira.
La vida es algo que no he llegado a entender, por lo menos hasta el tiempo que llevo vivido, y me da la sensación que cuando la película se acabe va a ser como esos films que dejan el final abierto. Te quedás con las ganas de saber que pasa.
Pero honestamente no me interesa.
Ya estuve cerca de la muerte y me dio lo mismo.
Allí aprendí que no me queda otra que vivir y es bastante estúpido hacerlo mal.
Cada día a enfrentar hay que tratar de disfrutarlo.
Bueno sería que todos lo entendieran. Porque muchas veces el entorno es quien no te lo permite.
Hay una frase, que no sé a quien pertenece pero me gusta, que dice: “La vida es simple, es el hombre quien la complica”.
No creo que haya que ser un lama para disfrutar la vida, aunque hay que aprender a pensar lo más parecido posible. Tengo lo que tengo. Soy lo que soy. Haré lo que pueda y hasta donde pueda (física y temporalmente).
En algún momento me van a quedar muchísimas cosas por hacer, cantidad de sueños por cumplir. ¿Por qué desesperarme por uno de los tantos que hoy no puedo alcanzar? Hay otros, más simples, más realizables.
En una película que vi, no hace mucho tiempo, el protagonista planteaba que los ignorantes eran mucho más felices, lo que el interlocutor más viejo aceptó pero le dijo: “prefiero el padecimiento del conocimiento a la felicidad de la ignorancia”.
La sabiduría no pasa por saber mucho, sino en llegar a comprender que siempre es poco. El saber del mundo es tan grande (e inestable) que es imposible llegar a abarcarlo completamente. La humildad es un signo de que se ha comprendido lo pequeño que somos.
El recordar muchas cosas no es más que la demostración de una buena memoria. Hay organismos que tienen esa facilidad. Sin embargo es posible que sea mucho más inteligente aquel que razona lo poco que recuerda, recurre a las informaciones y aplica su experiencia, que aquel que utiliza palabras, citas, nombres, grandilocuentes pero continúa cometiendo los mismos errores una y otra vez, convencido de que es un superdotado.
He recorrido un largo camino. He aprendido a respetar y querer a todos. No tengo rencores. No sé tenerlos. No tengo grandes ambiciones. Lo único que pretendo es vivir en paz y feliz. ¡Poca cosa!
Hay muchos temas que quisiera tocar. Entre las limitaciones de la edad está la desconcentración. Ahora se me escapan. Tal vez escriba una cuarta versión (La segunda nunca la envié). Veremos. En este momento no sé por qué me viene a la memoria un poema que tengo guardado de Miguel Hernández, que dice:

QUISE SER… ¿PARA QUÉ?... QUISE LLEGAR GOZOSO
AL CENTRO DE LA ESFERA DE TODO LO QUE EXISTE.
QUISE LLEVAR LA RISA COMO LO MÁS HERMOSO.
HE MUERTO SONRIENDO SERENAMENTE TRISTE.


Nota: A esta altura de mi vida he llegado a los 64 y me quedan meses apenas para la jubilación. Nada ha cambiado. Sigo pensando lo mismo, por lo que publicarlo ahora tiene el mismo valor que hace apenas dos añitos.

DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO



DISQUISICIONES DE UN SEXAGENARIO

No son más que las ideas locas de un jovato sexagenario…
No tienen por qué ser verdad… pero también podrían serlo…
He descubierto que la vida es notablemente parecida a un video juego.
Simplemente elegís un personaje y te disponés a superar
dificultades para dirigirte hacia algún lugar que no sabés
específicamente como es o en que consiste.
Con cada escollo que salvás o cada nivel que subís ganas puntos y te ponés feliz.
Pero enseguida tenés que continuar.
A veces algo te sorprende por el camino y… “GAME OVER”,
quedaste afuera.
Otras veces conseguís llegar hasta el final y cuando lográs
hacer el último movimiento no te dan ningún premio, no te
ponen una corona de laureles o te victorean triunfador.
Simplemente se acabó… Eso fue todo…
No sé si luego se iniciará otro juego… tal vez…
Cada quien tiene el derecho a pensar o creer lo que le venga en ganas.
Nadie ha vuelto para contarnos lo que sucede.
Pero lo que si es cierto es que mientras nos toca jugar
debemos disfrutar del juego.
Cada puntito que sumamos, cada obstáculo que vencemos es una porción de esa
felicidad que todos perseguimos.
Cuando nos toque dejar los controles lo único seguro
que nos llevaremos es haberla pasado bien.
El haber vivido con entusiasmo cada momento.
Y nada más…
Probablemente no es más que una tontería que imaginé
jugando con mi hijo… Probablemente no es más que eso…
A mi me sirve…
Les deseo que disfruten del tiempo por venir y que sean

muy pero muy felices.

LUGARES COMUNES

Maximiliano dormía profundamente cuando María, la mucama, lo despertó con suavidad.
-          Arriba dormilón… que hay que ir al colegio… tus padres ya se fueron a sus trabajos y pronto va a pasar el micro a buscarte –
Maxi se estiró y con lentitud se dirigió a tomar una ducha. Lavó sus dientes. Se peinó y se calzó el uniforme de la High School, con el escudo grande a la altura del corazón en el sweater verde con vivos blancos.
María le había preparado el desayuno que bebió de un trago, cargó su mochila y apenas tuvo tiempo porque ya estaba llegando el transporte escolar.
Lo de siempre. La rutina de todos los días.
Pasó una buena mañana. Los profesores no eran muy exigentes y el no tenía mayores problemas con ninguna materia. Internet solucionaba la mayoría de las cosas y lo que le pudiera faltar, en general, pasaba desapercibido.
Al mediodía se sentó en el parque. El colegio tenía un gran parque con árboles añosos y césped siempre verde. Y se dispuso a comer la vianda que María le había preparado.
Comió la manzana, tiró los restos en un cesto y como aún tenía tiempo se sentó a leer un revista de historietas que le había prestado su buen amigo Carlos. Las aventuras de Super Héroe lo envolvieron con sus fantasías hasta que sonó la campana que indicaba la vuelta a clases.
Era un colegio bilingüe y todavía le faltaba el tiempo que más detestaba. El inglés no era su fuerte aunque sabía que sería fundamental para su vida futura.
Consiguió que transcurrieran las horas y con alivio escuchó el timbre que, a diferencia de la campana, anunciaba el fin de la jornada.
Cargó nuevamente la mochila y se dirigió al lugar donde el micro ya lo estaba esperando.
-          Hola Maxi ¿Cómo te fue hoy? – le preguntó el chofer.
-          Bien, Pedro, bien. Lo de siempre –
Llegó a casa. Isabel, la mucama de la tarde lo estaba esperando y lo acompañó hasta la casa.
Maxi ya conocía su rutina.
Tomó la merienda y se sentó a hacer las tareas que le habían indicado.
Buscó en internet la información requerida. Copió, pegó, agregó algunas figuras y listo. Nunca le pedían mas que eso y el cumplía religiosamente, con lo que se aseguraba pasarla en forma tranquila.
Terminó con sus obligaciones y se fue a su cuarto a jugar con la Play.
El juego era algo aburrido así que se puso a mirar televisión.
El sonido de las campanillas alegremente avisaron la llegada de su madre. Entró apurada porque se le hacía tarde para ir a Pilates.
-          Hola Maxi!!! – gritó. La habitación del niño estaba en la planta superior. En ese momento
 Super Héroe despegaba con grandes explosiones y el sonido no le permitió ser escuchada.
Se cambió rápidamente y salió manoteando las llaves del auto que había dejado sobre la mesa del comedor.
-          Isabel, me voy al gimnasio, dígale a Maxi que no se quede mirando mucho la televisión –
Isabel asintió con la cabeza y siguió ocupada en fregar la vajilla que había quedado sucia de la cena anterior.
Maximiliano vio TV hasta que dieron las 10 pm. Salió un cartel que decía horario de protección al menor que no llegó a ser muy visible porque el televisor estaba programado para apagarse a cierta hora. Abrió la ropa de cama, se colocó el piyama y se lavó los dientes. Se acomodó en su cama, se abrazó a la almohada y muy pronto se quedó dormido.
Patricia después de salir del gimnasio y darse una ducha, se fue con sus amigas a la confitería del club. Cuando llegó a casa Maxi dormía plácidamente.
Pensó en esperar a su marido pero su actividad había sido “tan intensa” que decidió ir a dormir.
Pasadas las 11 pm llegó Fernando. Un típico ejecutivo, metido en sus problemas y preocupado por la posibilidad de un próximo ascenso. Cansado de la tensión de su trabajo, pero, peor aún, de conducir en el tráfico endemoniado de la hora pico, entró y velozmente fue a servirse un wiski, se estiró en su sillón predilecto, le hizo unas caricias al gato y fue hacia la cocina. Isabel ya hacía rato que se había retirado. Abrió el frízer, tomó un plato precongelado y lo colocó en el microondas.
Comió mientras leía el informe que le había llegado a último momento.
Dejo el plato en el fregadero. Mañana se encargaría la mucama de limpiarlo. Y se dirigió al cuarto de Maxi. Lo contempló dormido y acercando los dedos a sus labios le arrojó un beso y cerró la puerta.
Fue hasta su habitación. Su mujer se había quedado dormida mirando televisión, así que apago el artefacto, se cambió silenciosamente y se acurrucó tratando de no despertar a Patricia.
Antes de dormirse, sonrió.
Se sentía feliz.

¡Que hermoso es tener una familia!

UNA DANZA MACABRA


Los ángeles danzan.
¡Pero no oigo la música!
Es una daza macabra, en silencio, sin sonido.
Frente a ellos se levanta majestuoso el palacio legislativo.
Pero no os engañéis. Es solo la fachada. Cartón pintado.
Por dentro está vacío.
Solo lo rondan los fantasmas de los viejos políticos que alguna vez lo habitaron.
Que alguna vez lo llenaron con sus discursos encendidos.
Los querubines bailan.
En el fondo, muy en el fondo, posiblemente en mi imaginación, se oye un canto.

"Sean eternos los laureles que supimos conseguir".

VOLVER A EMPEZAR

VOLVER A EMPEZAR

Una y otra vez. La repetición inacabable de la misma sensación.
No siempre es así. Hay veces que esa sensación me acompaña desde el vamos.
Pero no es lo habitual.
Normalmente me levanto bien. Con proyectos y hasta, tal vez, la alegría conservada del día anterior.
Algo debo hacer mal porque en cuanto entro en contacto con mi entorno vuelve sistemáticamente esa sensación de angustia que se mete en los huesos, te carcome por dentro y, lo que es peor, te roba los pocos momentos que lógicamente te quedan,
Ya estoy viejo. Ya me preguntan por mis nietos. Por más que uno se sienta joven y con fuerza, la realidad lo golpea con la fuerza de un vendaval.
Y así estamos. Nada está bien. O todo está bien. No lo sé.
Puede que sea que yo que no me adapto a los tiempos que vivo o a los tiempos vividos. Porque nada es casual. Todo es una consecuencia.
Recibo malas respuestas, se crean a mi alrededor circunstancias que me ponen mal. Códigos rotos que ya no se van a componer y actitudes diferentes a las que uno razonativamente cree que son las incorrectas, pero que no van a cambiar. Lo malo es que no sé si quiero adaptarme.
Y me hace daño.
Hoy es un feo día (climáticamente hablando), sin embargo siempre he dicho que los días están dentro de uno, que cada cual hace sus días, no importa lo que pase afuera, dentro de uno siempre hay una posibilidad de vivir mejor.
Ahora estoy angustiado. Quiero romper el círculo y no puedo. Intento. Trato de encontrar salidas y choco con la mala respuesta, con la actitud errónea.
Y todo vuelve a empezar.
Otra vez la angustia. Volver a sentirme mal. Pelear contra los molinos de viento.

¿Hasta cuando?

ELMUNDO QUE INVENTAMOS

¿Hay un mundo?
Estoy dudando de que exista.
Probablemente sea solo una ilusión, algo que el imaginario colectivo inventó y lo repitió tantas veces que todos llegamos a creer que existía realmente.
La vida pasa tan velozmente que no hay tiempo para existir.
Detenerse a leer, a ver una pintura, a disfrutar un paisaje son cosas de alguna mente calenturienta.
Creemos que alguien se preocupa por nosotros y no nos damos cuenta que estamos solos.
El “fast” se nos ha metido tanto en la sangre que hemos perdido lo poco que teníamos para competir por la nada que creemos poseer.
¿Qué triste, no?

¡Que mierda que es todo esto!

EN VUELO


   Un hombre creyó en los hombres. Un día vio que uno estaba equivocado y esa equivocación lo perjudicaba, y con toda su buena voluntad, fue a explicarle para que no corriera ese riesgo. Primero no le respondieron, y cuando insistió angustiado por la suerte de su congénere, le dieron un puntapié en el trasero. Le dolió. Aseguro que le dolió. Hasta que se dio cuenta que el problema no estaba en él sino en los demás. Claro evidentemente eran tontos, tan tontos que no sabían escuchar. Mucho menos leer. Así que cuando se les quiso avisar, orgullosos reaccionaron con soberbia. El hombre se marchó cabizbajo hasta que descubrió que mucha gente lo seguía. Claro no todos eran necios. Algunos comprendían que los errores solamente los corrigen los seres inteligentes, porque los grandes son humildes y pueden ver cuando alguien sabe más y encima procura ayudarlos. Lamentablemente el hombre también descubrió que hay razas, diferencias, gentes capaces e incapaces. Es malo burlarse de ellos pero a veces llegan a tal nivel que causan gracia. Y entonces el hombre rio. No burlonamente sino con tristeza, porque el amor por el prójimo no es una cuestión de religión es un mandato del propio ser humano.
   Junto a él se reunieron todos y naturalmente surgió una comunidad, una comunidad basada en el respeto, sin normas tontas impuestas por individuos inferiores que se creyeron importantes. Y entonces surgió la música, y algunos cantaron, y otros dibujaron, muchos lanzaron estrellas hacia el cielo para que fuera más bonito y hasta se habló de política, pero mansamente, sin prepotencia, tratando de explicar y exponer su opinión.
   Que triste no? Los pobres de espíritu nunca leyeron aquello que se les decía para su bien. Lo aplaudieron sin mirarlo siquiera. Hicieron un pobre papel y aplaudieron. Que absurdo!!!
   Tal vez algún día todos los hombres sean iguales pero hasta entonces nos golpean las palabras de Mahatma Gandhi, cuando dijo. “Es cierto que todos los hombres son iguales al nacer y debieran tener las mismas oportunidades, pero también es cierto que algunos son más capaces y es lógico que lleguen mucho más lejos”. 


Les quiero contar un hecho real y enseñarles un versito que a mi me ha sido muy útil, aunque talves ya venía conmigo y por eso lo adopté sin cuestionarlo... puede ser.

Cuando yo era chico tenía un amigo que vivía enfrente de mi casa. Compartíamos todo y como yo siempre fui madrugador me cruzaba muy tempranito y me dedicaba a despertar a toda la familia. En realidad la intención era doble porque la madre preparaba unos desayunos formidables.
A todo el grupo familiar le gustaba el juego y me habían enseñado a jugar al "truco" (Para los que no lo conozcan es un juego de naipes, con cartas españolas  parecido al poker, pero mucho más divertido). La pasábamos muy bien hasta que un día apareció un tio. Cuando le ofrecieron jugar con las cartas inmediatamente propuso que para hacerlo más interesante se jugara por una moneda. Eso incrementaba el interés y generaba más adrenalina. A partir de ese momento abandoné las partidas de truco y nunca más he vuelto a jugarlo. Me gusta mirar como lo hacen los buenos jugadores pero yo no participo.
Mucho tiempo después, cuando mi hijo fue al Jardín, le enseñaron una canción que resume mi manera de pensar y ahí se las paso:
Un pajarito muy contento
corre carreras con el viento,
no le interesa perder o ganar,
porque lo lindo del juego es jugar.